De la Filosofía como Dialéctica y Analogía

Juan Antonio Negrete



Este ensayo presenta al lector una propuesta filosófica original mediante su ejemplificación en la cuestión de qué es la Filosofía misma. Que sea una propuesta original no quiere decir que tenga la pretensión (seguramente absurda pero muy tentadora en la última modernidad) de ser algo radicalmente nuevo bajo el sol: antes casi al contrario, se trata de reconocer, con suerte un poco más conscientemente, lo que ha sido pensado y dicho (desde los «orígenes») de maneras más o menos tentativas y unilaterales.


Pero ¿tiene sentido hoy proponer una nueva concepción filosófica? ¿Tiene sentido, siquiera, seguir haciendo filosofía? Aunque no dejan de aparecer buenos libros, e incluso entusiastas nuevas propuestas (como esta), la Filosofía parece sufrir (o gozar) una de sus crisis más profundas, si no la definitiva. Y no se trata ya de que, con esta «crisis», los gobiernos estén achicando las humanidades y, con ellas, ejemplarmente a la Filosofía, del currículo, en aras de la competencia científico-técnica (sazonada de diversas «autoayudas»): eso no es más que, a lo sumo, un síntoma. Lo esencial es que la Filosofía misma parece sentirse cada vez más agotada y en descomposición: ahondando en el cisma que la divide en dos continentes o ya dos universos, y repitiéndose una y otra vez a sí misma el anuncio de su acabamiento.


En realidad, a juicio de este libro, la Filosofía no corre ningún peligro en sí misma, pero sí se halla en una crisis de identidad o existencial: duda de quién es ella misma e incluso de si es, de su propia existencia o derecho a seguir existiendo. Esto (que no es un hecho meramente histórico, sino una necesidad de la lógica del desarrollo del pensamiento) es precisamente lo que, como se entrega a justificar el capítulo preliminar de De la Filosofía como Dialéctica y Analogía, hace hoy más pertinente que nunca comenzar una filosofía por ella misma, por la metafilosofía. Por lo demás, la Filosofía fue siempre la más autorreferente de las actividades humanas, la del «yo me he buscado a mí mismo», y no tanto porque la autocontemplación sea su objeto primero (eso de ser «pensamiento del pensamiento» quizás solo corresponde al dios, o al objeto último) sino porque solo la Filosofía puede definirse a sí misma (y a las demás actividades humanas), y solo de ella cabe esperar, pues, una respuesta a sus zozobras.


El capítulo preliminar concluye con dos notas en que se intenta justificar por qué este libro no pertenece al género de la «Filosofía del Lenguaje» ni al de «Historia de la Filosofía» (o «Filosofía de la Historia de la Filosofía»): lingüicismo e historicismo son dos reduccionismos que acaban confundiendo el instrumento con el objeto y llegan erróneamente a creer que los problemas filosóficos se resuelven o disuelven mediante análisis gramaticales o textuales, como si esos mismos análisis no estuvieran cargados de presupuestos metafísicos.


El resto, o cuerpo del ensayo, se divide en dos capítulos en los que se trata, respectivamente, de la Filosofía en sí misma (y para sí misma), y de la Filosofía en su relación con «sus otros», esto es, con aquellos «ámbitos trascendentales» de la actividad humana con los que, por su absoluta proximidad, más puede ella confundirse y más es imprescindible que se distinga: el Arte, lo Ético-político, la Ciencia y la Religiosidad.


¿Qué es, entonces, la Filosofía, según ella misma según este ensayo? Se parte de una caracterización básica, tan antigua como insustituible, según la cual la Filosofía es el intento de un saber absoluto de la realidad, un conocimiento (de lo) fundamental y sin supuestos. Pues bien, la primera parte de la tesis de este ensayo es que una actividad tal es necesariamente dialéctica, en el sentido preciso en que es expuesto por Platón en el Parménides, esto es, que en ella el pensamiento se ve obligado a afirmar la completa inter-implicación de los contrarios, de lo Uno y lo Múltiple, de lo Idéntico y lo Diferente, de lo Que es y lo que Aparece…, en un esquema diádico-tetrádico (no triádico, como en la dialéctica moderna) que resulta de la combinación de cada uno de los dos elementos de la realidad, tomados tanto respecto de sí mismos como respecto de su otro. La unidad-identidad, si quiere ser absolutamente una e indivisible, aparece como ininteligible o inefable (pues solo a través de lo otro podemos pensarla y decirla, al menos los mortales), y no salva el fenómeno de lo múltiple. Entonces la razón se ve llevada a pensar una unidad que se exprese en o deje participar por el elemento otro, múltiple… Pero no consigue evadir las aporías, pues no se salva así la auténtica unidad de la realidad ni explica cómo surge lo otro a partir de lo uno-primero. Ante este «fracaso» de las filosofías de la unidad-identidad, tanto en su versión absoluta como en la relativa, el pensamiento se ve impelido a afirmar la prioridad de lo Otro, de lo Múltiple, de la Inmanencia… En una de sus versiones, intenta salvar la unidad como una especie de fenómeno emergido de lo múltiple pero imprescindible para que haya lógica en las cosas. Tampoco esta vía consigue satisfacer a la razón, pues una unidad dependiente de lo múltiple no puede cumplir el papel de universalidad estricta que el pensamiento requiere; además, no se entiende cómo puede producirse auténtica unidad y necesidad a partir de lo múltiple y contingente. Parece más consecuente, entonces, volverse hacia un inmanentismo, pluralismo e irracionalismo radical, un pensamiento de la diferencia que se dedica solo a deconstruir cuanto parezca conservar algo de unidad. Sin embargo, esta vía («posmoderna») es aún más insatisfactoria que las otras, como vía de conocimiento al menos: no salva el fenómeno de la unidad, ni se salva a sí misma, pues es el intento de defender racionalmente (necesaria, universalmente…) la irracionalidad y contingencia absoluta. Los diversos «sistemas» filosóficos unilaterales siguen uno de estos cuatro caminos, viviendo cada uno de las aporías de los otros y muriendo de las suyas propias. Así la Filosofía aparece como ese famoso campo de batalla sin cuartel. El primer paso hacia la comprensión dialéctica se da, según nuestro ensayo, cuando el pensamiento, consciente de ese «juego de las hipótesis», ve que la verdad no está en ninguno de los caminos aislados sino en el todo. Solo el pensamiento unilateral o abstracto quiere a toda costa evitar la «contradicción» real. La Filosofía es dialéctica, aunque a veces lo ignore.


Sin embargo, ese no es el último paso. La Dialéctica mantiene al pensamiento en un círculo aporético, en un laberinto. El paso ulterior en la comprensión filosófica ocurriría cuando advertimos que los dos elementos fundamentales del pensamiento (y de la realidad en cuanto cognoscible), no se inter-implican ni mediante una relación de univocidad (lo uno y lo otro como géneros equivalentes de un género universal), ni, menos aún, mediante una relación de equivocidad (lo uno y lo otro como conceptos irrelacionables): la relación esencial de la Realidad o Ser solo puede ser una relación «asimétrica», intensional, irreducible a los conceptos extensionales de género y especie, todo y parte... Esa relación, a la que Platón llama Participación y que expresa mediante todos los recursos analógicos del Lenguaje (la ironía, el «mito», la simbología onomástica y toponímica, la meta-narración…), no es inteligible a partir de otra cosa que ella misma. Según ella, todo es absolutamente uno sin por ello dejar de ser múltiple. Pero, mientras que la unidad-identidad es absoluta, la pluralidad y diferencia, el no-ser… solo son relativos, lo que no significa que sean irreales (como se empeña en pensar el pensamiento adialéctico y ananalógico). La Historia de la Filosofía es, antes que la historia del «olvido del ser», la historia del cuasi-olvido o cuasi-consciencia de la Analogía. Si la Dialéctica es la Guerra y el Laberinto, la Analogía es el Amor, que convierte la guerra en complementariedad y armonía. Este es el principio axiológico fundamental y más general: unidad de lo múltiple, «hen, panta», que dijo Heráclito, sin negación —insistamos— de la multiplicidad y diferencia.


El segundo capítulo analiza la relación que la Filosofía guardaría con sus otros propios. Se trata, desde luego, de una relación dialéctica y analógica: la Filosofía es y no es lo mismo que el Arte, que la Ético-política, que la Ciencia, que la Religiosidad. Cada uno de estos sus otros comparte con ella algo esencial, pero es también esencialmente algo diferente: el Arte y la Ético-política son lo mismo que la Filosofía en cuanto que las axiologías estética y ética (belleza, bien) son aspectos del mismo criterio axiológico general que la Filosofía expresa como búsqueda teórica (de la verdad). Pero el Arte se dirige esencialmente a la Imaginación y la Emoción, y lo Ético-Político a la voluntad: no son fundamentalmente cognitivos. La Ciencia, en cambio, sí es, como la Filosofía, actividad cognitiva, teoría, búsqueda de la Verdad. Pero la Ciencia funciona y progresa gracias a que da por supuestos sus fundamentos, e ignora las preguntas absolutas que conducen a la dialéctica y la analogía en sentido fuerte. Por último, la Religiosidad tiene, como la Filosofía, una sed de absoluto, y abarca todos los terrenos de la actividad humana (arte, ético-política, ciencia…) sin confundirse con ninguna. Pero la Religiosidad toma lo absoluto como un dato y, por tanto, como dogma, en tanto la Filosofía debe someter a crítica incluso el dato absoluto, lo que no la coloca en una situación menos aporética que la de la Religiosidad: si esta parece la soberbia de saber positivo de lo absoluto, lo paga quedándose en «mera» creencia (doxa): por contra, la Filosofía paga su humildad de mero querer-saber con la soberbia de sentirse capaz de someter a juicio a la realidad en sus fundamentos.


De la Filosofía como Dialéctica y Analogía, en fin, quiere abrir, mediante el simple ejercicio de la especulación filosófica, una posibilidad de renovación de la Filosofía y, con ella, de los aspectos todavía tenidos por más constitutivos de la existencia humana.




Juan Antonio Negrete, De la Filosofía como Dialéctica y Analogía, Ápeiron Ediciones, Madrid, 224 pp.,

ISBN 978-84-944252-6-4



Juan Antonio Negrete Alcudia (Madrid, 1969) se licenció en Filología Clásica por la Universidad Complutense. Desde hace años viene trabajando en una propuesta filosófica propia inspirada, sobre todo, en su lectura de Platón, y a la que llama provisionalmente racionalismo dialéctico-analógico. Es autor de los libros Diálogos de Filosofía (2011) y Diálogos de Educación (2013), y coautor de La filosofía de Platón, libro multi-táctil para i-Pad, dirigido especialmente a estudiantes de bachillerato; es también coautor de los guiones del programa radiofónico Diálogos en la caverna, de Radio 5, RNE; y mantiene los blogs Dialéctica y Analogía, dirigido al público filosófico, y la red de blogs Cavernisofía, dirigidos a sus alumnos de Bachillerato y E.S.O.


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