Cómo puedes aguantar a estos chicos de hoy

José María Calvo de Andrés

«Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas».

Mario Benedetti

Profesor ¿para qué? ¿Cómo es el profesor del siglo XXI?


Este libro que tienes en tus manos es un viaje en el tiempo, un viaje hacia un tiempo ya pasado, que fue, pero que ya no es, hacia una vida vivida e irrecuperable. Como todo viaje, es una búsqueda. Caminamos buscando algo. ¿Por qué, para qué viajar al ayer? ¿Qué nos impele a volver atrás? ¿Recuperar el tiempo? ¿Recuperar la memoria? ¿Querer volver a vivir? ¿Vivir lo no vivido? Algo nos empuja a volver al pasado para reescribirlo. Es una especie de recordatorio. Un mirar hacia atrás que me lleve a valorar y a ser un poco más consciente de las experiencias vividas. Toda vida es una experiencia.


Tenemos sueños, soñamos. Vivimos. Estamos vivos. Yo tuve mi sueño, más bien mi vida estaba llena de sueños a realizar después de soñar. Unos los realizamos y otros quedaron en el mundo de lo posible, de lo que pudo ser.


Nuestra vida es nuestra historia personal. Un viaje es un proceso terapéutico que se despliega a través del turbulento y no siempre placentero ejercicio de la narración. Quiero conocer el por qué, el cómo, el para qué de mi existencia. Necesitamos mirar atrás para comprender, tomar nuevos impulsos, y volver la mirada hacia adelante para continuar escalando peldaños en el vivir.


Este afán de desvelar lo pasado, de caminar en busca del sentido de la propia existencia, puede significar el último combate entre la vida y la muerte. Queremos vencer a la muerte, al olvido. No nos resignamos a desaparecer y luchamos para preservar lo eterno de nuestro vivir en la memoria, en la imaginación. Recordar es vivir otra vez. Mi vida no siempre está llena. Necesito llenarla con mis vivencias pasadas. Traerlas, hacerlas presentes, vivirlas como si fuera la primera vez. «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos», dice el narrador del cuento borgiano «Funes el memorioso».


Para un profesor acostumbrado a dar sus clases de forma más o menos regular y sin grandes modificaciones o imprevistos, el solo hecho de decidir un día comenzar a escribir en un diario todo aquello que pasa en cada hora de clase, seguramente le llevará, casi involuntariamente, a ver la realidad del aula de manera diferente, seguramente el paisaje se presentará desde nuevas e insospechadas perspectivas. Esto nos lleva a concebir un modelo de «profesor investigador», el cual, a partir de su propia práctica, es capaz de producir conocimiento que pueda revertirse sobre su quehacer docente, ser intercambiado con otros profesionales, socializarlo y enriquecerlo cooperativamente.


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¿Cómo puedes aguantar a estos chicos y chicas de hoy? Son unos gamberros mal educados que no respetan nada ni a nadie. Menos aún comprendo cómo los profesores podéis arreglaros para enseñarles algo útil, cuando no están interesados en nada. Tenéis mucho mérito; yo nunca sería profesor. Aguantar tanto y durante tantos años debe dejar una gran huella.


¿Cómo pude soportar a estos chicos y chicas adolescentes y estar vivo aún? Huella sí que han dejado en mí tantos años con ellos. Algunos piensan que los profesores mayores tienen que padecer alguna enfermedad producida por este aguantar. Otros creen que la vida de profesor es la mejor de las vidas. Muestro mis huellas en esta biografía y ofrezco mi propio y personal caminar.


Yo quería ser profesor. No sé cuándo ni cómo llegó esta idea a mi cabeza, y cómo después o a la vez pasó a mi corazón, pero en algún momento de mi vida tomé una decisión importante. A menudo me decía que esta era mi verdadera vocación. Me preguntaba y me pregunto qué es eso de «verdadera vocación» y en qué consiste ser «un buen profesor». Después de una vida toda como profesor sigo preguntándome. Pero voy a compartir mis experiencias.


Si nos han cambiado todas las preguntas, como afirma Mario Benedetti, si «la educación no es llenar una cubeta, sino encender una llama», como dice Yeats, y si «el cerebro no es un vaso para llenar, sino una lámpara para encender», como enseña Plutarco. ¿Qué es un buen profesor? Ya no es importante la sapiencia del profesor, la clase magistral, el salir de la clase a hombros de tus alumnos, después de una «buena clase». Lo realmente importante es lo que sucede en las cabezas de los que aprenden. El enseñar deja paso al aprender.


«Todos vivimos a merced de quienes controlan los medios de comunicación de masas..., náufragos de nuestro fracaso espiritual, somos cada vez más corchos a merced del primero que llega con labia o con recursos suficientes para llevarnos al huerto» (A. Pérez Reverte). ¿Seremos también nosotros, con más o menos labia, quienes tratemos de llevarnos al huerto a los alumnos? ¿O somos nosotros mismos llevados al huerto por alguien? No se puede aleccionar a los hombres, solo guiarlos PARA QUE SE BUSQUEN A SÍ MISMOS, PARA QUE SE VEAN CON SUS PROPIOS OJOS. Ni gafas ni píldoras. «Si queremos adultos que piensen por sí mismos, debemos educar a los niños para que piensen por sí mismos» (Lipman).


Profesores en y para la libertad. «Decir que los seres humanos son personas, y como personas son libres, y no hacer nada para lograr concretamente que esta afirmación sea objetiva, es una farsa», escribe Paulo Freire. Y continúa: «Nadie libera a nadie, y nadie se libera solo. Los seres humanos se liberan en comunión».


Hay quien siente la educación como una carrera de obstáculos. Las materias y los profesores son obstáculos que los estudiantes deben superar para alcanzar la meta y fortalecer su personalidad. Y la propia educación como frustración. Un buen profesor tiene que ayudar a que sus alumnos despierten sus potencialidades, lo que pueden llegar a ser. Recuerdo que un compañero decía que un buen barómetro era observar cuántos ojos brillantes hay dentro de la clase.


Toda verdad es una conquista personal. El diálogo socrático puede ser un buen camino. En el aula tienes que crear tu propio camino. «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Tienes que encontrarte a ti mismo, desarrollar tu estilo propio, tus propias técnicas, para encontrar al otro. No des muchas vueltas y muéstrate como eres, con sinceridad.


¿Cuánto tiempo necesitaría para saber cuál era mi propio camino? Tal vez toda la vida, no importa. Lo importante es comenzar a caminar ya. Un buen profesor, un buen maestro, debe saber observar y aprender. Quien no aprende de sus alumnos no es un buen profesor. Siempre he tenido en mi mente que nuestra vocación o profesión es vivir para y no vivir de. La tarea principal del profesor es liberar la mente y permitirla pensar. La mente no debería estar encerrada dentro de sus propios pensamientos. Igual que en algunas prácticas orientales como en el Zen, lo que se necesita es cortar las conexiones por las que habitualmente discurre el pensamiento, apoderarse de ellas por medio de alguna paradoja, análisis crítico o comportamiento extraño, lo que, con un poco de suerte, arrojará luz sobre el pensamiento. Parece poco importante, pero merece la pena tener buen humor, alegría, para ser buen profesor. Enseñamos más de lo que decimos. Hay pensadores geniales, que pueden no ser buenos profesores.


El profesor enseña sobre todo con su persona, con su ser, más que con su decir. Nadie enseña lo que sabe, sino lo que es. «Lo que eres suena tan alto en mis oídos que no deja escuchar lo que dices», reza un proverbio. Debe creer en sí mismo y en el gran valor de lo que hace. Si él no lo cree así, ¿quién lo va a creer?


«Si solo ponemos el énfasis en ganar, en aprobar, lo primero que van a hacer las personas es intentar hacer trampas; y en segundo lugar procurarán ganar con el mínimo esfuerzo, porque esto demuestra que son aún mejores» (G. Cooper). No es necesario recordar ahora los dopajes de deportistas, atletas, y hasta de animales. Siempre que hay competición, hay trampas, que en demasiadas ocasiones llevan a consecuencias dramáticas. Y lo vemos cada día como algo normal y hasta gracioso. ¡Como a nosotros no nos afecta! ¿O sí nos afecta?


Ya no deseaba silencio total en el aula, sino diálogo y cooperación entre todos y volví a pensar que «los profesores equivocados que no dejan de repetir a los alumnos que se sienten y estén callados, demuestran una preferencia por trabajar con un grupo de árboles y no con una clase llena de personas» (Robert Sylwester). Un alumno me decía: «Mi padre me ha dicho que venga a prepararme para ser el día de mañana un hombre de provecho».


Espero que la lectura sacie tu curiosidad, o que al menos te cree alguna duda. El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona, enseña Aristóteles. Si no dudamos no avanzamos.


«Abrir camino..., lo propiamente humano no es ver, sino dar a ver, establecer el marco desde el que podamos ver» (María Zambrano).



José María Calvo, Memorias de un profesor, Ápeiron Ediciones, Madrid, 250 pp., ISBN 978-84-944252-4-0.



José María Calvo de Andrés es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Ejerció como profesor de Filosofía y Psicología en la Universidad de Montclair (EE. UU.) y ha sido profesor de Filosofía, Psicología y Ética en la educación secundaria española. Es miembro fundador del programa «Filosofía para niños» y Presidente fundador del Ateneo Escurialense de las Letras, las Artes y las Ciencias. Entre sus libros publicados destacan Educación y filosofía en el aula (Barcelona, 1994), Filosofar en la escuela: los jóvenes piensan (Barcelona, 2006) y Éxito en educación (Madrid, 2009).


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