Los «Escritos sobre la guerra» de Franz Rosenzweig

Roberto Navarrete

Franz Rosenzweig (1886-1929) es el último representante de la gran tradición de pensamiento judeo-alemán inaugurada en el siglo XVIII por Moses Mendelssohn. De entre los grandes pensadores alemanes de origen judío nacidos en el último cuarto del siglo XIX —Leo Strauss, Martin Buber, Gershom Scholem, Walter Benjamin, Theodor Adorno, Karl Löwith o incluso Hannah Arendt, nacida ya en 1906—, Rosenzweig es, en efecto, el único que no hubo de abandonar Alemania como consecuencia de la Shoah. Murió prematuramente, aquejado de una esclerosis lateral amiotrófica, antes del ascenso al poder del nacionalsocialismo. No vivió por tanto el colapso definitivo de la República de Weimar, ni la persecución de los judíos, ni los campos de concentración y exterminio. No tuvo en definitiva la necesidad de exiliarse. Si hubo en él una de-germanización, esta tuvo lugar dentro de la propia Alemania antes de que ella misma, infamemente guiada por lo que Emmanuel Lévinas llamó «la filosofía del hitlerismo», decidiera de-judaizarse.


Rosenzweig estuvo en condiciones de sentirse alemán hasta el final de sus días. Pudo pensar la correlación entre judaísmo y germanidad hasta su último aliento, si bien ya en un sentido bien distinto al de su no obstante maestro en el estudio de las fuentes del judaísmo: el filósofo neokantiano Hermann Cohen. Pues, en efecto, Rosenzweig no fue un representante del judaísmo liberal ni, por ende, del asimilacionismo. Tampoco lo fue del sionismo: ni del político, encarnado en Theodor Herzl, ni del cultural, defendido por los ya mencionados Buber o Scholem. Si Rosenzweig fue el último gran pensador judeo-alemán, fue también el primero en disociar germanidad y judaísmo, en reivindicar que la supervivencia del judaísmo en Alemania no pasaba por una asimilación de lo judío en lo alemán, sino por una defensa de la especificidad del mundo judío, no frente a lo alemán, sino junto a lo alemán: dentro de Alemania, y, por tanto, sin necesidad de retorno a Palestina.


A esta tercera vía frente al antisemitismo la llamó Rosenzweig, acuñando el término, «disimilacionismo». Su gran núcleo cultural e intelectual fue el Centro Libre de Estudios Judíos fundado en Frankfurt por el propio autor de La Estrella de la Redención, en 1920. Y el hito, tanto histórico como biográfico, que determinó la apuesta de Rosenzweig por la disimilación del judaísmo alemán sin abrazar por ello el sionismo, fue la primera gran catástrofe europea del siglo XX: la Primera Guerra Mundial. En ella se involucró Rosenzweig tanto física como espiritualmente: luchó en sus trincheras, como tantos otros judíos alemanes, pero el conflicto fue también para él objeto de consideración desde un punto de vista histórico, político y filosófico. El resultado de estas reflexiones son los once textos que componen la serie Escritos sobre la guerra, todos ellos redactados en 1917, que la editorial Sígueme acaba de sacar a la luz.


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Redactados en las trincheras del frente balcánico de la Gran Guerra, estos «escritos políticos de juventud» representan el punto de inflexión en la trayectoria vital e intelectual de Rosenzweig: el camino que va de Hegel o, mejor, de Hegel y el Estado —título del primer gran libro de Rosenzweig— a La Estrella de la Redención. Junto con el Prólogo y las Conclusiones del Hegel, añadidos en 1920 a un texto en lo esencial concluido antes del estallido de la guerra, son el último testimonio, no solo de la labor de Rosenzweig como historiador de las ideas políticas en Alemania, sino de su propia identidad alemana. Se trata de escritos, en su mayoría breves, en los que Rosenzweig trata las cuestiones políticas de mayor actualidad y trascendencia en su tiempo: el problema de la naturaleza del parlamento, las reformas educativas, la ley electoral, la cuestión de la democracia, la república o la monarquía, el realismo político y, fundamentalmente, la guerra, abordada desde el punto de vista de su significado tanto para Alemania como para Europa y, en último término, desde una perspectiva histórico-universal o, como sugiere Rosenzweig con extraordinaria lucidez, global. Globus es, en efecto, el título del último de estos textos, el más cuidado por su autor y el de mayor extensión. Ofrece una historia universal desde el punto de vista de la contraposición, tendente a la globalización, de tierra y mar: potencias terrestres y potencias marítimas. Se trata de una deliciosa monografía sobre «el desfile de las causas de la guerra», pero es también un anuncio de lo que habría de venir: una segunda guerra de dimensiones globales.


Rosenzweig se enfrenta fundamentalmente al problema de la meta de la guerra en sentido histórico-universal, pero también desde la perspectiva de los medios, tanto políticos como, incluso, de carácter militar, estratégico-tácticos, necesarios para la consecución de lo que consideró que era el destino de Alemania: la superación de la idea de Estado nacional y la creación de una gran unidad metapolítica, cultural, en el corazón de Europa, entre el mundo occidental anglo-americano y el mundo oriental ruso-asiático. La esperanza de Rosenzweig en relación con la guerra mundial se cifró en la realización de una gran Centroeuropa que, liderada por Alemania, abarcase Austria, Hungría, los Balcanes e, incluso, Turquía: el nuevo Levante. Pero la consecución de este sueño centroeuropeo, un lugar común en la Alemania de la época, no exigía, o al menos no en opinión de Rosenzweig, lograr la victoria militar. Ni una defensa del imperialismo, sino la conclusión de la paz al margen del realismo político, mediante la puesta en marcha de una política que, desde el punto de vista de la Realpolitik, podría resultar idealista, pero que, desde las amplias miras de la geo(teo)política de la historia, era a juicio de Rosenzweig la que realmente correspondía al destino histórico-universal de los pueblos implicados en la guerra: Alemania, Inglaterra, Francia, Austria y, por último, el gigante ruso. Merece la pena señalar que, con estos planteamientos, Rosenzweig se anticipa un cuarto de siglo a los de uno de los grandes pensadores de lo político de la pasada centuria: Carl Schmitt, quien tras su vergonzosa colaboración con el nazismo, depurado de la universidad alemana, consagró su trabajo intelectual al problema del orden internacional desde la contraposición, precisamente, de los elementos terrestre y marítimo. Schmitt no había leído a Rosenzweig, pero ambos compartieron una misma matriz: la filosofía de la historia (y del Estado) de Hegel.


Junto al análisis, todavía (y siempre) hegeliano, del modo en que los pueblos se adentran, por medio del Estado, en la historia universal, encontramos en estos escritos una bella exploración de las almas de los pueblos que se jugaron su existencia en la Gran Guerra. También un llamamiento a la batalla por Centroeuropa que Rosenzweig dirige al pueblo alemán, es decir, al suyo propio, recurriendo incluso a su más ancestral mitología: aquellas leyendas y sagas que están a la base del Cantar de los Nibelungos, posteriormente nazificado a través de la exaltación hitleriana de Richard Wagner, como manantial del que extraer las fuerzas para realizar el destino de Alemania. Tras la derrota sancionada en Versalles no será sencillo encontrar un solo judío que invoque estas mitologías germánicas, más tarde arias. Acaso con una excepción: la del filósofo e historiador de las religiones Hans-Joachim Schoeps, judío nacionalista alemán, que llegó a ver en el III Reich el remedio definitivo contra la decadencia de Alemania. Vivió en el exilio entre 1938 y 1946. A Rosenzweig, en cambio, le bastó con la Primera Guerra Mundial para desengañarse de la ilusión de una correlación entre judaísmo y germanidad que estuviese quiméricamente fundada en la emancipación, un fenómeno que apuntaba más bien, paradójicamente, a la disolución del judaísmo: tanto desde dentro —ora como asimilación de lo judío en lo alemán, ora como transformación del pueblo judío en un pueblo más entre los pueblos del mundo por medio del cumplimiento de los proyectos sionistas—, como desde fuera, pues fue la propia emancipación la que terminó por exponer al judaísmo al antisemitismo más terrible: el Caso Dreyfus, en Francia, o el asesinato de Walther Rathenau, ya en la Alemania weimariana, resultan en este sentido paradigmáticos.


El programa disimilacionista puesto en marcha por Rosenzweig hubo de verse definitivamente truncado en 1933. Una germanidad judía, o un judaísmo alemán, devino entonces imposible. Solo quedó la terrible alternativa entre el exilio y la muerte. El realismo político de Paul von Hindenburg —como de Erich Ludendorff—, contra el cual nos advierte Rosenzweig en sus Escritos sobre la guerra, terminó por generar aquella tiranía contra la que su autor dirigió la tercera parte de La Estrella. La teología meta-política que en ella presenta Rosenzweig, la llamada a «la limitación de toda política que no obstante debe ser llevada a cabo», fue efectivamente desoída, pero acaso quepa, todavía hoy, prestarle atención, con vistas siquiera a la resistencia frente a una Historia que, como denunció igualmente Walter Benjamin —claramente influenciado por su lectura de La Estrella—, se despliega como Catástrofe. Porque el estado de excepción sigue siendo la regla y, Rosenzweig, nuestro gran contemporáneo.



Roberto Navarrete es Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, con una tesis sobre el alcance político de la concepción mesiánica del tiempo histórico en La Estrella de la Redención. Becario de investigación de la UAM y, posteriormente, del Servicio Alemán de Intercambio Académico, ha realizado diversas estancias en las universidades de Jena y Friburgo de Brisgovia. Entre sus publicaciones, junto a numerosas contribuciones en volúmenes colectivos y en revistas nacionales e internacionales, destaca la edición, junto a Valerio Rocco, de Teología y teonomía de la política (Abada, 2012), así como de los Escritos sobre la guerra, de Franz Rosenzweig (Sígueme, 2015). Sus investigaciones se centran en el problema teológico-político, la querella de la secularización y el pensamiento judío contemporáneo. Actualmente ultima la elaboración de un libro titulado Los tiempos del poder: Franz Rosenzweig y Carl Schmitt.