Modos narrativos de la decepción
- Ćpeiron Ediciones
- 18 ene 2015
- 4 Min. de lectura
Aurora Freijo y Ćngel Gabilondo
Perdidos para la literatura [1] no buscaba ser en principio un texto sobre la identidad personal, como ha acabado resultando, ni tuvo inicialmente su actual tĆtulo, ni tan siquiera fue pensado como un libro. Apareció, como tantas veces sucede con ellos, a partir de una escucha, en un momento preciso, de algunas notas de la conversación constante que establecen desde siempre los textos entre sĆ. Se trata de la escucha debida al murmullo de palabras que late persistentemente de fondo, como un caos, ajeno en su naturaleza a los oidores, pero a la vez generoso para quien desee atender, para quien quiera ser lector. Y es que leer es al fin y al cabo escuchar, y escribir es solo un cierto modo de lectura.
En el caso de este libro, la escucha atiende a un diĆ”logo que viene ya sucediendo dentro de esa hermandad que consideramos que existe entre la filosofĆa y la literatura -como si procediesen y brotaran de un origen comĆŗn- y en el que resuena la voz de Gadamer en torno al decir poĆ©tico, la de Herta Müller en forma de poemas collage, la de Ricoeur a propósito de la identidad narrativa, la de las letanĆas de Josef Winkler y las oscuras agramaticalidades de Celan. Y si, como sabemos, ninguna escucha sucede sin prejuicios, en este caso el escuchador-autor trajo consigo en sus oĆdos, aĆŗn sin quererlo, la lectura de Aristóteles, culpable entonces del anudamiento y reanudamiento que comenzó a darse entre los decires anteriores que, aunque poseĆan ya un ritmo propio, empezaron a marcar un nuevo compĆ”s. Algo mĆ”s tarde, un breve escrito de SĆ”nchez Ferlosio trastornó la conversación, y como si no fuera ya suficiente, irrumpió el desconcertante Bartleby como invitado inesperado en la reunión.

El tema es no solo antiguo, sino de siempre, esto es vigente, pero la vuelta de lo mismo trae en muchas ocasiones oportunas novedades ĀæAcaso no hablamos en todo caso de lo mismo? ĀæNo estamos siempre escarbando en cuestiones tales como la de quiĆ©nes somos y quĆ© nos constituye como lo que somos? Pero lo mismo no es siempre lo igual, ni igual. Aunque los acercamientos a esta cuestión son mĆŗltiples, no pudimos sino considerar en la respuesta la posibilidad de que las palabras tengan mucho que ver en el asunto, hasta ser decisivas. No somos sino seres de palabra, atravesados por ella, seres parlantes. Ese es no solo nuestro quid, es nuestra ipseidad: una identidad narrativa. Palabra y ontologĆa se corresponden de tal modo que responder a la pregunta de quiĆ©nes somos consiste en hacer de nuestra vida una historia de vida, un relato soportable, una fabulación propia que nos permita tenernos, sostenernos y contenernos. AsĆ nos narramos, asĆ nos convertimos, nos reconocemos, en narraciones. Y nadie mejor que Aristóteles para enseƱarnos un buen narrar: Ć©l bien sabe con lo que una trama sólida debe contar, la poĆ©tica de la acción. Pareciera que en general le hubiĆ©semos leĆdo y correspondido, porque nos sorprende comprobar que nos relatamos siguiendo el mythos aristotĆ©lico: todos nos hacemos protagonistas, todos hĆ©roes trĆ”gicos, todos una pura trama bien armada, todos estrellas de una buena novela: carne de literatura. Y es que tramar es tan humanoā¦
Al hacerlo nos damos razón. No cabe duda de que es este un buen arreglo domĆ©stico. Ahora bien, quizĆ” quepa sospechar de esta uniformidad de la que participamos a la hora de decir quiĆ©nes somos; tal vez exista un narrar menos estructurado para decirnos, incluso un decir que desdibuje la estructura trĆ”gica; mĆ”s aĆŗn, un decir desintrigado, y mĆ”s todavĆa, una palabra propia a propósito de nuestra identidad que, considerando que real parece no poseer disposición alguna, tenga proximidad con la poesĆa, el balbuceo e incluso el silencio. Eso nos llevarĆa a optar por una ontologĆa rota, quebrada y frĆ”gil, antes que por una ontologĆa costurera, como acostumbramos a hacer.
ĀæPara quĆ© entonces empeƱarnos en darnos razón? ĀæPara quĆ© apacentarnos de viento? Pensado con las claves anteriores, narrarnos deberĆa resultarnos muy decepcionante. MĆ”s bien debiĆ©ramos asumir una contrariedad previa, inevitable āaquella de la falta-, lo que conducirĆa a contar no ya con relatos que batallen por minimizar la decepción, sino con textos que digan la decepción en su forma misma. De hecho Perdidos se llamó al comienzo Modos narrativos de la decepción, tĆtulo con el que quizĆ” pudo vivir siempre. Y tal vez a su modo lo hace. Para ello nuestras aristotĆ©licas historias de vida tendrĆan que demorarse en mirar otros modos de narrar y dejar de insistir en lo que no son sino historietas para adultos.
Aunque no es tarea fĆ”cil, podemos decirnos desintrigadamente. Para ello habrĆamos de ser valientes parresiastas, arriesgados, mĆ”s que la propia vida (ā¦) aĆŗn un soplo mĆ”s, como decĆa el poeta, dado que, disuelta la trama tan fuertemente construida, rota la unidad de quienes creemos ser, ĀæquiĆ©nes serĆamos entonces y quĆ© palabra nos corresponderĆa llegado el caso? PodrĆa ocurrir que en lo real no haya explĆcitas causas y efectos, ni hechos sobresalientes porque en realidad se encuentren todos en pura discordancia. AsĆ visto, narrarnos es decepcionante. Estamos real e irremediablemente perdidos para la literatura, pero ahora, por ello mismo, cabrĆa considerar el ofrecimiento de la posibilidad de un modo de narrarnos que abandone su pasión por darnos razón y empiece a mirar a lo que somos: ruido y furia.
De ser asĆ, Edipo serĆ” sustituido por Bartleby, la argumentación por el ensamblaje, los protagonistas por los Originales -aquellos que se sostienen en el aire, sin lógica, sin trama-, la sintaxis por la agramaticalidad, la palabra misma por el silencio que modela la palabra, el entendimiento por el estupor, el ser singular por el ser sin lugar, la complacencia por la decepción y la novela trĆ”gica por el decir poĆ©tico. Cierto es que no son buenas noticias. Pareciera que dejando tierra firme empezamos a optar por mĆ”s bien nada, pero mirĆ©moslo como el comienzo de un desuncimiento, el preludiado por algunos textos de Nietzsche o Pasolini, con los que habrĆa que empezar a conversar. Perdidos para la literatura pero nunca para la palabra.
Y como si el libro que es Perdidos para la literatura supiese de esto, él mismo, que comenzó diciéndose con narrativa clÔsica, acaba perdido, deviniendo una incursión en la escritura fragmentaria y poética, para quizÔ decir, al modo de Bartleby: no, gracias.
Aurora Freijo y Ćngel Gabilondo son profesores de filosofĆa.
Notas
[1] Este libro es el resultado de una investigación atendida y cuidada por José Luis Pardo. Todo mi agradecimiento siempre.
A. Freijo


