El olvido del hombre

Rafael Corazón

El pensamiento contemporáneo ha tomado conciencia, como en ningún otro momento histórico, de la dignidad de la persona humana. Desde el siglo XVIII se han elaborado diversas declaraciones de Derechos Humanos, basadas todas ellas en la dignidad personal. Pero esta mayor sensibilidad no acaba de llevarse a la práctica, no se “vive”; es decir, la teoría y la práctica se han disociado hasta extremos inauditos. Existe un tribunal de Derechos Humanos, así como un nuevo delito: los crímenes contra la humanidad. Pero sigue siendo evidente que la teoría, concretada en el derecho positivo, no ha calado en la mentalidad de nuestra época, pues las agresiones a la dignidad humana son ahora más violentas, y a una escala mucho mayor. ¿Cómo explicar, si no, la guillotina (rodaron más de doscientas mil cabezas), el gulag, los campos de exterminio, los recientes genocidios en Ruanda y los Balcanes, etc.?


Quizás el problema que impide llevar a la práctica lo que, en teoría, parece evidente, está en que, por diversos motivos, hemos dejado de saber qué o quién es el hombre.


Un brevísimo repaso a la historia de la filosofía podría ayudar a tomar conciencia del problema. En Grecia Sócrates hizo propio el oráculo de Delfos: “¡conócete a ti mismo!”. Este lema da por supuesto que el hombre posee una naturaleza y que es posible –aunque no fácil- conocerla; y el conocimiento es la clave para poder, luego, actuar de acuerdo con lo que uno es. También Píndaro animaba a tomar conciencia de la propia identidad: “llega a ser lo que eres”, (aunque propiamente esa frase debería traducirse, literalmente, por “llega a ser aprendiendo quién eres”). Ser aquello que se es no es algo que venga dado sino que ha de conquistarse; pero no por eso el hombre deja de ser lo que es.


Esta convicción acerca del ser del hombre cobró más intensidad en el aristotelismo y en la filosofía medieval hasta el nominalismo de Ockham. Y que la naturaleza humana –siendo común a todos- no es fija, queda claro en las Éticas de Aristóteles, en las que el estudio de las virtudes –mediante las cuales la naturaleza se perfecciona: son como una “segunda” naturaleza- ocupa el mayor número de capítulos. Si uno sabe quién es, o al menos tiene una cierta idea de sí, puede tener un criterio de actuación, conocer su origen y su destino, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.


Pero estas convicciones desaparecen en el pensamiento moderno. Ya Pico della Mirandola puso en boca de Dios: “no te hice celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal. Tú mismo te has de forjar la forma que prefieras para ti, pues eres el árbitro de tu honor, su modelador y diseñador. Con tu decisión puedes rebajarte hasta igualarte con los brutos, y puedes levantarte hasta las cosas divinas”[1]. ¿Quién es el hombre? La respuesta debe darla cada uno, porque no existe.


Si avanzamos un poco más vemos que Locke no habla de persona sino de “yo”, porque la naturaleza (la sustancia, le llama), no es relevante: “el yo no está determinado por la identidad o diversidad de la sustancia, de la que nunca se puede estar seguro, sino sólo de la identidad de la conciencia”[2]. La conclusión no necesita explicación: “el yo es aquella cosa pensante y consciente –sea cual sea la sustancia de que está hecha (espiritual o material, simple o compuesta, no importa)-, que es sensible o consciente de placer y dolor, capaz de felicidad e infelicidad; y por eso, hasta allá donde alcanza aquella conciencia se preocupa de sí misma”[3].


Como ha escrito un conocido filósofo alemán, a partir de Locke “ser persona es un estado, y no un predicado que corresponda a determinados seres vivos en virtud de su naturaleza. Quienes están durmiendo no se encuentran en ese estado”[4]. Efectivamente, Locke afirmó que “el Sócrates dormido no es el Sócrates despierto”.


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Para no ser prolijos, pasemos al pensamiento actual, incluyendo a autores del siglo XIX que siguen influyendo en nuestra concepción del hombre. Para Marx el hombre es un ser objetivo y, por tanto, genérico: se hace a sí mismo al recuperarse en el producto de su trabajo; es la culminación de la evolución de la naturaleza, el momento en que esta se hace cargo de su propio progreso. Pero, por más que se haga a sí mismo, el “sujeto” de dicha tarea no es la persona sino el género, o sea, nadie, si nos atenemos a lo que ya decía Aristóteles, que los géneros y las especies no son reales.


En Nietzsche el nihilismo se valora positivamente, porque es el único modo de que la voluntad de poder no se someta a ningún valor, o sea, de no perder la libertad. Pero advirtió, con la misma claridad, que conlleva el amor fati: “Concibamos esta idea en su forma más pavorosa: la existencia, tal como es, sin sentido ni fin, pero repitiéndose inexorablemente, sin desembocar jamás en la nada: el eterno retorno. He aquí la forma extrema del nihilismo: la nada (lo ‘carente de sentido’) eternamente”[5].


Con estas premisas puede darse por válido el juicio de Foucault: “ninguna filosofía, ninguna opción política o moral, ninguna ciencia empírica de cualquier tipo, ninguna observación del cuerpo humano, ningún análisis de la sensación, de la imaginación o de las pasiones, ha topado jamás, en los siglos XVII y XVIII, con esa realidad que llamamos hombre”[6]. Efectivamente, el pensamiento moderno ha perdido al hombre, no sabe qué o quién es, y sólo sabe decir de él que es libre, aunque la libertad admita también muchas interpretaciones.


Una última cita puede servir para cerrar este recorrido histórico: “el drama de una vida humana individual, o de la historia de la humanidad en su conjunto, no es un drama en el cual, triunfalmente, se alcanza una meta preexistente o, trágicamente, no se la alcanza. El trasfondo de tales dramas no es ni una realidad externa constante ni una indesfalleciente fuente interior de inspiración. En lugar de ello, concebir la propia vida, o la vida de la propia comunidad, como una narración dramática es concebirla como un nietzscheano proceso de autosuperación. El paradigma de una narración así es la vida del genio que puede decir de la parte relevante de su pasado: ‘así lo quise’, porque ha descubierto un modo de describir ese pasado que el pasado nunca conoció, y, por tanto, ha descubierto la existencia de un yo que sus precursores nunca supieron que fuese posible”[7]. Es una vuelta a Nietzsche pero desprendiéndose del sentido épico-trágico que encontrábamos en él.


Aunque para muchos esta situación –nihilismo, relativismo, hedonismo, inmoralismo, etc.- sea muy positiva, porque creen que es el único modo de salvaguardar la libertad, en la práctica se ha traducido en la imposibilidad de respetar a la persona: todas las Declaraciones de Derechos Humanos estarán sujetas a esos mismos “–ismos” y, por tanto, carecerán de valor.


El ideal emancipatorio, vigente hoy día, lleva consigo una dialéctica autodestructiva, como han puesto de manifiesto numerosos autores. Baste considerar que “la Ilustración postula la emancipación de la razón en los términos de un total disponer de ella. Pero se trata de un postulado ilusorio, que sólo se sostiene mientras dicha totalidad dispositiva no se logra, o precisamente porque no se logra. Esta imposibilidad es lo que impide la completa demenciación del ilustrado. Para comprenderlo basta señalar que si se lograra la total disposición de la razón se produciría la coincidencia de la razón con un postulado. El absurdo es manifiesto: esa coincidencia aniquilaría a la razón”[8].


Si “persona” no es más que un “estado”, es inevitable que surjan diversos “tribunales”, constituidos arbitrariamente, que se atribuyan la “autoridad” de examinar a los demás y decidir sobre su dignidad. Ahora bien, “si el conocimiento se somete… a la voluntad, queda por entero a su disposición. Pero, si es así, la noción de acto que posee el télos se anula y se abre la pregunta por el fin del conocimiento. Tal pregunta es insoluble, ya que si se subordina el conocimiento a un fin, la determinación del fin es arbitraria. El proyecto de conocer, es decir, el conocer como proyecto, es simple pragmatismo”[9]. Dicho de un modo más directo: “la verdad no tiene sustituto útil”.


Si queremos –y no podemos renunciar a ello- ir a más, quizás tenga razón san Agustín cuando escribía: “¡no te vayas fuera, vuelve hacia ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mutable, trasciéndete también a ti mismo!”[10].


Por eso, pensar es hoy más necesario, pues el voluntarismo no es más que otro nombre del nihilismo.


Referencias


-POLO, L., Antropología trascendental, I, 2ª ed., Pamplona, 2003, pp. 195-204.

-POLO, L., Quién es el hombre, 6ª ed., Madrid, 2007, pp. 154-253.

-SPAEMANN, R., Personas. Acerca de la distinción entre ‘algo’ y ‘alguien’, Pamplona, 2000, pp. 27-57 y 227-236, trad. José Luis del Barco Collazos.


Notas


[1]PICO DELLA MIRANDOLA, G, Discurso sobre la dignidad del hombre, en Humanismo y Renacimiento, Madrid, 1986, p. 123, trad. Pedro Rodríguez Santidrián.


[2] LOCKE, J. Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 27, 26 y 28.


[3] Ibídem, II, 27, 19.


[4] SPAEMANN, R., Límites, Madrid, 2003, p. 140, trad. Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra.


[5] NIETZSCHE, F., La voluntad de poder, 75.


[6] FOUCAULT, M., Les mots et les choses, París, 1966, p. 355.


[7]RORTY, R., Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona, 1991, p. 49, trad. Alfredo Eduardo Sinnot.


[8] POLO, L., La persona humana y su crecimiento, Pamplona, 1996, p. 192.


[9] POLO, L., Curso de teoría del conocimiento, I, 2ª ed., Pamplona, 1987, p. 92.


[10] SAN AGUSTÍN, De vera religione, 39, p. 72.


Rafael Corazón es doctor en Filosofía; durante 37 años enseñó filosofía en Bachillerato, los últimos 23 en Institutos de Enseñanza Secundaria. Además ha participado, como profesor, en numerosos cursos para universitarios, así como en Congresos de Filosofía. Es autor de más de quince libros, así como de numerosos artículos en revistas especializadas. Aparte de libros de texto, ha escrito Kant y la Ilustración (2004) y El pesimismo ilustrado (2005), sobre el pensamiento de Kant; otras obras son: Agnosticismo. Raíces, actitudes y consecuencias (1997), La verdad, un consenso posible (2001), Filosofía del trabajo (2007), El pensamiento de Leonardo Polo (2011) y La idea de ente (2014). Discípulo de Leonardo Polo, colabora habitualmente en las revistas Studia Poliana y Miscelánea poliana, publicada en la web del Instituto de Estadios Filosóficos Leonardo Polo, con sede en Málaga.