Lecturas posteriores a "Sin ciudades no hay filósofos" de Leo Strauss

Antonio Lastra


Contra lo que podría parecer una evidencia en una época marcada por la proliferación de las opiniones, hemos perdido el hábito del comentario, que, al menos en las etapas decisivas de la educación, es casi insustituible. A la competencia en la lectura, el hábito del comentario añade (o añadía) un sentido de la admiración profundamente humano que vincula al lector con el autor y su obra. Como todo hábito, el hábito del comentario requiere tiempo y florece a su tiempo. Un buen comentador une, por ello, las virtudes éticas a las dianoéticas. Solo por el hecho de que procura el aprendizaje del comentario, de que enseña a aprender leyendo, la obra de Leo Strauss, tal vez el último de los grandes comentadores occidentales, merecería ser leída con atención y gratitud. La “filosofía de los comentadores”, como la ha llamado Richard Sorabji, se basaba en la intuición, que rara vez comparten los historiadores actuales de la filosofía, de que la historia de la filosofía es en sí misma filosofía: los comentadores eran tanto filósofos como historiadores de la filosofía, no meros anticuarios ni seguidores incondicionales de una escuela.[1] A diferencia, sin embargo, de la clasificación de la filosofía de los comentadores de Sorabji —Psicología (en la que incluía la ética y la religión), Física, Lógica y Metafísica—, influida por la tradición analítica aristotélica, Leo Strauss encontró en los comentarios de los filósofos judeoislámicos de la Edad Media una clave de acceso a la filosofía de Platón entendida como filosofía política. La filosofía política platónica de Strauss es una contribución de primer orden a la filosofía de los comentadores, a la historia de la filosofía y a la filosofía entendida como σκέψις “en el sentido original del término, i. e. la busca genuina de la verdad animada por la convicción de que solo esa busca hace que la vida sea digna de ser vivida y fortificada por la desconfianza en la propensión natural del ser humano a quedar satisfecho con convicciones satisfactorias que, sin embargo, no son evidentes ni han sido probadas”.[2] El comentario de la filosofía política entendida como filosofía primera formaba parte, para Strauss, de una concepción de la filosofía que difería considerablemente de lo que Platón llamó “el amor a la ciudad” (φιλόπολις) en la República. Sin ciudades no hay filósofos, pero el filósofo no encuentra en la ciudad su patria.[3] Filosofía, filosofía política, σκέψις, filosofía primera forman una serie de filosofemas que contradicen la epistemología heredada de la teoría de las ideas y la inmortalidad del alma, sobre las que al-Fârâbî guardó silencio.


La edición de Sin ciudades no hay filósofos que acaba de ver la luz recoge siete escritos de Strauss (y las respuestas de Hans-Georg Gadamer y Jacob Klein a algunos de ellos) posteriores al “cambio de orientación” que le llevó a leer con atención el modo como los pensadores heterodoxos habían escrito sus libros. Ese cambio de orientación no habría sido posible sin la superación del “poderoso prejuicio” de que una vuelta a la “filosofía premoderna” era imposible. La filosofía premoderna a la que Strauss volvería una y otra vez hasta el final de su vida era la filosofía política platónica y el modo como los pensadores heterodoxos habían escrito sus libros exigía descubrir o redescubrir —en la medida en que Strauss consideraba que al-Fârâbî, Maimónides, Lessing o Nietzsche habían sido sus predecesores— un modo olvidado de escribir: la escritura reticente o entre líneas. Strauss estaba convencido de que sus investigaciones forzarían “tarde o temprano a los historiadores a abandonar la complacencia con la que pretenden saber lo que pensaban los grandes pensadores, a admitir que el pensamiento del pasado es mucho más enigmático de lo que generalmente se piensa y a empezar a preguntarse si el acceso a la verdad histórica no será tan difícil como el acceso a la verdad filosófica”.[4]


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Dos libros recientes refuerzan la convicción de Strauss. El primero, Reorientation: Leo Strauss in the 1930s, recoge una serie de contribuciones de algunos de los más destacados lectores contemporáneos de Strauss, desde Martin D. Yaffe y Richard S. Ruderman (editores del libro), pasando por Heinrich Meier, Thomas L. Pangle o Timothy W. Burns hasta Steven Frankel, Nasser Behnegar, Joshua Parens, David Janssens y Hannes Kerber.[5] La cuestión general de “cómo Strauss se convirtió en Strauss”, que da título a la contribución de Meier, se articula en una serie de comentarios a la “crítica de la religión” en Spinoza (Frankel), la correspondencia de Strauss con el kantiano Gerhard Krüger (Pangle), el platonismo de Maimónides idealizado por Hermann Cohen (Yaffe), la situación intelectual y religiosa del presente o los orígenes de la ciencia natural de Hobbes ante el desafío de la Revelación (Burns), la relación con Carl Schmitt y la vuelta al pensamiento premoderno (Behnegar), la lectura de al-Fârâbî y Maimónides (Parens), el problema de la Ilustración a propósito de la controversia sobre el panteísmo suscitada por Jacobi (Janssens), la lectura straussiana de la Constitución de los lacedemonios de Jenofonte (Ruderman) o la lectura de Platón de Schleiermacher y Strauss (Kerber). El hilo conductor de todos los artículos es, en efecto, la filosofía política platónica. El Platón de Leo Strauss se alimenta de los comentarios de al-Fârâbî y Maimónides, de Mendelssohn y Cohen no menos que de la crítica a la práctica de la hermenéutica que va de Schleiermacher a Heidegger y Gadamer, pero no es platónico ni neoplatónico.


El volumen incluye como apéndices siete escritos de Strauss traducidos del alemán: ‘Conspectivism’ (1929), ‘Religious Situation of the Present’ (1930), ‘The Intellectual Situation of the Present’ (1932), ‘A Lost Writing of Farâbî’s’ y ‘On Abravanel Critique of Modernity’ (1937), que complementan la edición de los escritos de juventud que Michael Zank tradujo al inglés en 2002 y que figuran en alemán en el segundo volumen de los Gesammelte Schriften editado por Heinrich Meier (1997-20132), a los que hay que añadir ‘Exoteric Teaching’ (1939, un texto que Strauss no llegaría a publicar y que se incluye en Sin ciudades no hay filósofos) y ‘Lecture Notes for Persecution and the Art of Writing’ en una edición de Kerber que ilumina desde dentro el cambio de orientación de Strauss cuando pasó, en el exilio de los Estados Unidos, de escribir en alemán a escribir en inglés para un mundo de lectores, por escogido que fuese, formado en la libertad de expresión que la Primera Enmienda a la escritura constitucional había sancionado. Que Strauss escribiera él mismo siguiendo las pautas de la escritura reticente o entre las líneas tan delicada como firmemente trazadas por la necesidad logográfica es una de las apreciaciones (o acusaciones) más extendidas entre los partidarios y los detractores de su obra. Examinar con atención la escritura reticente de Strauss a la luz de lo que había escrito en alemán hasta el momento de producirse el cambio de orientación permite entender el conjunto de su obra como un comentario en el sentido original del término. El primer estudio de Strauss sobre la antigüedad clásica incluía en el título la frase “el gusto de Jenofonte”, i. e. la filosofía, un gusto que iba más allá de la estética ilustrada.


En los márgenes de la escritura reticente de Strauss, Arthur M. Melzer ha escrito, por su parte, un libro escrupulosamente académico sobre la filosofía entre líneas y la historia perdida de la escritura esotérica.[6] La presentación convencional o exotérica de Melzer refuerza, paradójicamente, la convicción de que la escritura esotérica no es una invención de Strauss ni un rasgo de estilo que pueda dejarse impunemente a un lado a la hora de comprender a los filósofos. Un libro esotérico sería una imitación de la naturaleza: si la caverna de la opinión esconde la realidad y si la filosofía consiste en la sustitución de las opiniones por el conocimiento de la realidad, entonces el esoterismo se convierte en una técnica de la interpretación superior a la mayoría de las empleadas por la interpretación contemporánea. La “retórica de la ocultación sería extraordinariamente útil, e incluso necesaria, para desvelar la realidad como es estando oculta” (p. 234). En las páginas más deliberadamente straussianas del libro, Melzer plantea “el problema del filósofo” (pp. 139 ss.), un problema que estaría más cerca de la naturaleza de las cosas que, por ejemplo, el “problema judío” o la “cuestión racial”. “Requeriría —escribe Melzer— un trabajo de historia maravillosamente erudito y sutil describir la miríada de formas que el cambio de épocas y de circunstancias ha dado a las relaciones entre los filósofos y las comunidades religioso-políticas en las que han vivido. Una obra semejante no se ha emprendido. Sin embargo, ese análisis es esencial si queremos lograr una auténtica comprensión de la historia de la filosofía occidental” (p. 244). Una auténtica comprensión de la historia de la filosofía exige un comentario atento tanto a la reticencia como a la literalidad de la escritura de los filósofos.


Está fuera de los límites de esta nota elogiar como se merece la virtud de estos dos libros. Inobjetables desde cualquier punto de vista académico, no reciben, sin embargo, su gracia de la gracia del jardín de la Academia, sino de una filosofía vivida como la investigación de lo único que importa.


Notas


[1] Véase The Philosophy of the Commentators 200–600 AD. A Sourcebook, ed. de R. Sorabji, 3 vols.: Vol. 1: Psychology (with Ethics and Religion); Vol. 2: Physics; Vol. 3: Logic and Metaphysics, Cornell University Press, Ithaca y Londres, 2005.


[2] Leo Strauss, ‘Farabi’s Plato’, en Louis Ginzberg Jubilee Volume, American Academy for Jewish Research, Nueva York, 1945, p. 393 (‘El Platón de Farabi’, trad. de R. López Gadano, en Leo Strauss, El filósofo en la ciudad, ed. de C. Hilb, Prometeo, Buenos Aires, 2011, p. 100). Al-Fârâbî llegó a ser conocido como el “segundo maestro”. Véase Michael P. Zuckert and Catherine H. Zuckert, Leo Strauss and the Problem of Political Philosophy, The University of Chicago Press, Chicago y Londres, 2014, cap. 6, ‘Why Strauss Is Not an Aristotelian?’.


[3] Cf. Resp. 503 a y 590 e-592 b con Martin Heidegger, Einführung in die Metaphysik (1935), Gesamtausgabe, Band 40, Vittorio Klostermann, Frankfurt am Main, 1983, pp. 161-162 (116-117 de la edición de 1953).


[4] Leo Strauss, Sin ciudades no hay filósofos, ed. de A. Lastra y R. Miranda, Tecnos, Madrid, 2014, p. 85.


[5] Reorientation: Leo Strauss in the 1930s, ed. by Martin D. Yaffe & Richard S. Ruderman, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2014.


[6] Arthur M. Melzer, Philosophy Between the Lines. The Lost History of Esoteric Writing, The University of Chicago Press, Chicago y Londres, 2014. Como apéndice on-line, Melzer ha compilado una auténtica historia de la escritura esotérica de la filosofía (http://www.press.uchicago.edu/sites/melzer/).



Antonio Lastra es doctor en Filosofía, profesor de Filosofía en la Enseñanza Secundaria e investigador externo del Instituto Franklin de Investigación en Pensamiento Norteamericano de la Universidad de Alcalá. Dirige La Torre del Virrey. Revista de Estudios Culturales. Sus campos de trabajo preferentes son la ecología de la cultura, la traducción como lingua franca, la escritura constitucional americana, el problema teológico-político, la literatura inglesa y los estudios sobre cine. Su último libro es La necesidad logográfica (Aduana Vieja, Valencia, 2014).


También en Apuntes: "Lo que no he dicho en La necesidad logográfica".