De otra manera

Miguel Morey



Poco tiempo después de la muerte de Foucault comenzaron a circular unas palabras suyas con la que el filósofo parecía resumir, en el momento de echar una última mirada hacia atrás, la impresión que sentía ante la vida que había vivido. «Todo podía haber sido de otra manera»- dicen que dijo. En un primer momento, una afirmación tal no podía levantar sino sorpresa. ¿Cómo el autor de una obra tan marcada por una poderosa sensación de necesidad, incluso en sus mismas rupturas y desplazamientos, podía hacer un balance semejante de su andadura intelectual? Visto a un cierto nivel de generalidad, la línea de su pensamiento (de la arqueología y su pregunta por el saber a la genealogía y su cuestionamiento del poder, y de estas a su interrogación de los modos de la subjetividad) presentaba una coherencia impecable, un camino en el que los problemas mayores, aporías e impasses levantados por cada uno de sus pasos encontraba su umbral de radicalización en el desplazamiento impuesto por el paso siguiente. Sin embargo, descendiendo al detalle, la impresión que presenta su biografía intelectual es todo lo contrario a un transcurso lineal. Comenzando por su negativa a continuar la tradición familiar y dedicarse a la medicina para, en lugar de ello, afirmar su voluntad de ser profesor de historia (a los once años), su biografía parece más bien un itinerario zigzagueante en la que los quiebros, renuncias y apuestas sorprendentes son constantes. En 1948 se licencia en Filosofía por la Sorbona, pero tres años después, tras cursar los estudios pertinentes, le encontramos trabajando como psicólogo en el laboratorio de electroencefalografía del hospital psiquiátrico de Sainte-Anne. Un año antes ha ingresado en el partido comunista, que abandona en 1952, como abandonará un par de años después su trabajo de psicólogo y su residencia en París para instalarse en Suecia, como director de la Maison de France en Upsala. Después de Upsala vendrán Varsovia (1958) y Hamburgo (1959). Luego regresa a París donde en 1961 presenta su tesis doctoral, Historia de la locura, texto con el que comienza su etapa arqueológica. Su primer gran hito tendrá lugar en 1966, con Las palabras y las cosas, que obtiene un éxito editorial sin precedentes, a partir del cual pasa a ser considerado cabeza de fila del estructuralismo (junto a Lévi-Strauss, Barthes y Lacan) y miembro eminente de la nueva intelligentsia parisina. Dos años más tarde tiene lugar el mayo de 1968, pero Foucault ya no está en París, lleva un año largo en Túnez donde imparte clases en la universidad… La historia continúa de este tenor a lo largo de años, y termina como había empezado. En 1976, en buena medida a raíz de la por lo general torpe recepción de su último texto, La voluntad de saber, en la que programaba una historia de la sexualidad que debía sucederse en seis volúmenes, abandona al parecer su proyecto, desatiende el trabajo de escritura de su obra (algo que, no obstante, le tienta desde por lo menos 1964, cuando le escribe a su compañero, Daniel Defert: «Tengo la impresión de que me acerco a la reconversión hacia la no-escritura total, lo que me liberará mucho») y se entrega por completo a sus cursos en el Collège de France, institución de la que es miembro desde 1970. Prácticamente desaparece entonces de la vida pública parisina, viaja constantemente, pasando largas temporadas en Estados Unidos. Pero reaparece en 1984, con la publicación de los volúmenes segundo y tercero de una historia de la sexualidad enteramente reformulada, El uso de los placeres y La inquietud de sí, cuyos primeros ejemplares le llegarán ya en su lecho de muerte. Poco después, B. Kouchner, cofundador de Médecins sans frontières y de Médecins du monde, hará una revelación sorprendente. «Un día – cuenta Kouchner – Michel me rogó que fuera a su casa, en París (…), me pidió que guardara en secreto lo que iba a decirme. Me habló durante más de una hora. Según él, estos ya no eran tiempos para la escritura universitaria, para el largo y metódico trabajo de biblioteca. Tal vez volviera esa época, pero, por ahora, se imponía un alto. Escritos en un mes, los libros publicados por histriones y falsarios superaban en tirada y fama a aquellos madurados en la soledad y la reflexión. M. Foucault no se quejaba por ello, pero constataba el hecho, y cuando le evoqué el veredicto de la Historia, la importancia de su obra para los demás y para mí, desestimó el argumento. Michel solo concedía crédito a las actividades puntuales, militantes y casi militares, que nosotros llevábamos a cabo, y a las corrientes de pensamiento que nacerían de ellas tal vez; y a las felicidades personales surgidas de los resultados inmediatos, palpables, de esas acciones. Una vez más, el militante callejero. Excusándose por no ser médico (lo que, viniendo de él, era sorprendente), Michel me pidió salir de misión durante dos años por lo menos. Me dio una fecha: la aparición del segundo volumen de la Histoire de la sexualité, después de lo cual deseaba hacer un alto. (…) Decidimos que iría a dirigir nuestra misión en el Chad, si ésta proseguía, y sobre todo que sería el organizador y responsable del próximo barco para Vietnam. Salí a la calle Vaugirard midiendo el alcance de ese pacto secreto y la importancia del homenaje. Michel Foucault, definitivamente, vendría con nosotros de campaña». De nuevo, Foucault pensaba dar la espantada a lo que se le imponía como su destino. No resulta extraño entonces que, en el prólogo al segundo volumen de su historia de la sexualidad, se lea lo siguiente: « ¿Pero qué es hoy la filosofía – quiero decir la actividad filosófica – si no es el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo; si no consiste, en lugar de en legitimar lo que ya se sabe, en tratar de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otro manera?». De nuevo la misma expresión, casi como una consigna: «…de otra manera».


Curiosamente, alrededor de Lectura de Foucault parece sobrevolar un sortilegio igualmente azaroso, una análoga sensación de que todo podía haber sido de otra manera. En su origen está mi tesis doctoral (La crítica de la institución en M. Foucault, Universidad de Barcelona 1980) que, revisada y reducida a la mitad de su extensión, dio lugar al libro que publicó Taurus en 1983. Pero mi proyecto original de tesis era muy otro, trataba sobre el pensamiento de Georges Bataille. Llevaba ya algún tiempo trabajando en ella cuando, en 1975, murió Franco y comenzaron a vivirse tiempos convulsos, bellos y peligrosos. El debate político empezó a ser muy intenso, las posiciones se polarizaron rápidamente en un enfrentamiento entre la retórica fascista y la vulgata comunista, casi sin matices. Mi universidad acababa de ofrecerme un puesto de profesor, al tiempo que comenzaba a asumir la necesidad de acoger el trabajo de aquellos pensadores que el celo nacional-católico había mantenido extramuros durante años. Fue entonces cuando Foucault publicó Vigilar y castigar. En vista de todo ello, decidí que probablemente sería más oportuno y eficaz introducir en el ámbito universitario y en el debate político el punto de vista genealógico que la microfísica del poder nos ofrecía. Me puse a la tarea y una primera entrega del trabajo en curso se publicó en 1978, como prólogo a mi edición de entrevistas con Foucault, Sexo, verdad, poder (en Ed. Materiales, reeditado con un nuevo prólogo y el título de Un diálogo sobre el poder en 1981, por Alianza). Cuando en 1983 se publicó finalmente Lectura de Foucault, mi editor apreció el rigor del trabajo pero le auguró un escaso futuro, entendiendo que Foucault era alguien aupado por la moda estructuralista que probablemente carecía ya de auditorio. Al año siguiente sin embargo, Foucault publica los dos nuevos volúmenes de su historia de la sexualidad y muere trágicamente. El violento giro que da a su pensamiento en esos nuevos textos y la habitual querencia necrófaga disparan nuevamente el interés. Total, en poco tiempo mi libro se agota, una reedición parece imponerse. Sin embargo, dado que lo que el texto intenta llevar a cabo es una lectura página por página de toda la obra de Foucault, entiendo que tal reedición no debe hacerse si no es completándola, dando cuenta de sus nuevos textos y también de todo el material inédito que comienza a ser asequible, como sus cursos en el Collège de France. La amplitud de la empresa acaba por volverla imposible y durante treinta años debo resignarme a ver circular entre alumnos e investigadores mi texto en maltrechas fotocopias de fotocopias, al tiempo que paso a ser considerado “especialista en Foucault”, algo que ni pretendí ni pretendo ser. Finalmente, el azar de nuevo. Treinta años después de la muerte de Foucault, la editorial Sexto Piso me invita a reeditar mi texto (limpio de erratas y con las traducciones y referencias revisadas), acompañado de un segundo volumen, Escritos sobre Foucault, en el que se recoge aquella parte de mi trabajo de todo este tiempo que completa y matiza lo escrito en el primero. A modo de homenaje de aniversario a quien nos hizo caer en la cuenta de que pensar, cuando es pensar, se juega siempre en el intento por pensar de otra manera…



Miguel Morey. Catedrático emérito de Filosofía (UB). Traductor de G. Colli, G. Deleuze, M. Foucault y P. Quignard, entre otros. Últimas publicaciones: Lectura de Foucault y Escritos sobre Foucault (Sexto Piso, Madrid/México 2014).


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