Por qué somos chomskyanos y, sin embargo, no innatistas

Guillermo Lorenzo y Víctor M. Longa




En la conclusión de El innatismo. Orígenes, variaciones y vitalidad de una idea (Madrid, Cátedra, 2018) afirmamos que las doctrinas innatistas acaso no hayan sido más que un largo malentendido a lo largo de la historia. Muy largo, en realidad, ya que podemos datar sus orígenes en el siglo V a. C. (tal vez con Empédocles o, mucho más seguramente, con Platón) y constatarlo aún vigente en la obra de Noam Chomsky y su legión de seguidores. Nuestro interés por las muy diferentes cuestiones que suscita el innatismo procede, precisamente, de nuestra formación y profesión de lingüistas y de nuestra atracción por las ideas de Chomsky, en las que tempranamente creímos encontrar el marco naturalista adecuado para encajar el estudio del lenguaje dentro de la ciencia «normal». Décadas después, seguimos pensando que el lenguaje es, primordialmente, un fenómeno orgánico, cuya posición en la mente, desarrollo individual y evolución natural deben ser explicados en consonancia con el conocimiento en general vigente en las ciencias biológicas. Pero, por la misma razón, no hemos podido permanecer ciegos al hecho, para nosotros claro, de que la ortodoxia chomskyana arrincona en realidad la lingüística en una especie de heterodoxia biológica, porque el concepto de lo innato no resulta hoy compatible, en nuestra opinión, con una biología seria del desarrollo.

Sigue pareciéndonos (casi) impecable, por un lado, la versión chomskyana del argumento de la pobreza del estímulo. El lenguaje manifiesta ciertamente propiedades formales sin reflejo evidente en las secuencias efectivamente producidas por los hablantes y así accesibles al bebé como potencial base de aprendizaje. Una particularmente clara es que las producciones en cuestión no son sino una parte ínfima de las que pueden considerarse pertenecientes al lenguaje en cuestión. Nada da señal de ello en el estímulo. El bebé, sin embargo, no se limita a replicar en sus producciones aquellas que efectivamente le han sido dirigidas u otras estrictamente análogas, sino que las desborda desde su propios usos más tempranos. La adquisición del sistema lingüístico subyacente no debe basarse, pues, en los datos recibidos, no es una forma de aprendizaje inductivo. Todo esto, repetimos, nos parece impecable. Sin embargo, la conclusión «extra» de que el bebé debe, por tanto, ser portador de una base de conocimiento a priori, de algún tipo de prefiguración básica inscrita en los genes de cualquiera de las lenguas de las que potencialmente podría ser hablante, no se sigue en absoluto del argumento. Es un malentendido. Pero esta carencia no parece haber preocupado nunca a Chomsky, cómodamente instalado en el falso dualismo polémico entre el racionalismo y el empirismo tradicionales.


Otros investigadores han intentado remendar este roto del innatismo chomskyano, sobre todo psicólogos del desarrollo que han intentado demostrar por la vía experimental que el bebé diferencia al nacer los diferentes tipos básicos de ritmo lingüístico, muy poco después cualquiera de las distinciones acústicas en que se basa la fonología de cualquier lengua, etc. Pero la interpretación comúnmente ofrecida de estos experimentos no aporta, en realidad, explicación alguna. Decir que capacidades de discriminación como las señaladas son innatas no aporta más que una paráfrasis de la afirmación de que han sido constatadas en el momento mismo del nacimiento, o muy poco después, en ausencia de estimulación relevante aparente. De acuerdo, ¿pero cómo se han ido construyendo hasta manifestarse en ese o esos momentos? En este sentido, estamos plenamente de acuerdo con Hume, quien ya afirmó que esta estrategia apenas se basa en un injustificado realce de momentos particulares del desarrollo, como el del nacimiento, siendo que el desarrollo comienza mucho antes y continúa hasta mucho después; y más de acuerdo aún con el tan genial como poco reconocido psicólogo del desarrollo Zing-Yang Kuo, quien sostenía que la apelación a lo innato era propia de una psicología «inacabada», es decir, una psicología que renuncia injustificadamente a una verdadera explicación del desarrollo de la mente como fenómeno orgánico.


¿Por qué insistimos, entonces, en proclamar nuestra condición de chomskyanos? En pocas palabras, porque creemos que lo mejor del pensamiento de Chomsky es perfectamente acomodable a los nuevos paradigmas de interpretación teórica del desarrollo orgánico, mientras que lo peor son apriorismos injustificados, de los que la teoría chomskyana haría bien en desentenderse definitivamente. Nos parece inexcusable, por ejemplo, la idea de que la mente humana se sirve de un sistema compositivo con un elevado potencial computational, apto para jerarquizar, relacionar a distancia o cruzar relaciones simbólicas; en cambio, nos parece carente de fundamento asumir de entrada su carácter específicamente humano (es decir, que carezca de homólogos) o su carácter específicamente lingüístico (es decir, su encapsulamiento funcional). Nos parece bien fundada por la lingüística comparada la idea de que no cualquier lengua concebible es una lengua posible; pero nos parece desencaminada la presunción de que la mente o, peor aún, el genoma humano, contienen una gramática universal, es decir, una prefiguración de cómo es una lengua posible. Nos parece acertada la idea de que cada sistema lingüístico particular sea resultado del impacto causal de factores tanto internos como externos al organismo; sin embargo, es falaz asumir que los factores externos solo puedan incidir en la variación lingüística y los internos en el componente fijo o universal. Y así sucesivamente.


A nuestro entender, la teoría chomskyana sobre el lenguaje, o cualquier otra variante de la ciencia cognitiva inspirada por premisas semejantes, solo tendrá la posibilidad de continuar ocupando un papel destacado en la explicación del lenguaje y la mente como partes de la dotación biológica de la especie humana si consigue asimilar principios básicos de la teoría del desarrollo que empiezan a resultar cada día más firmemente establecidos, después del largo monopolio que el neo-darwinismo concedió a los genes. El niño, claramente, consigue sobreponerse a las limitaciones del estímulo que recibe, pero esto es así porque el estímulo, por limitado que sea, conspira con multitud de recursos (no exclusivamente genéticos) que se van haciendo presentes conforme avanza el desarrollo y que canalizan de un modo robusto su mente hacia formatos de computación relativamente constreñidos y al mismo tiempo plásticos. La especie humana, no menos claramente, es una más entre tantas, y no hay motivos para suponer que su formato de computación, por diverso que pueda aparentar ser en forma y función, carezca de homólogos en otras especies. O, para concluir, al lenguaje, variante humana de ese homólogo computacional general, no cabe privarle de una historia de desarrollo, porque eso equivale a negarle su carácter orgánico, como han razonado más generalmente autores de la talla de Daniel Lehrman, Timothy Johnston o Gilbert Gottlieb. En definitiva, la teoría chomskyana seguirá siendo anómala mientras continúe tratando al lenguaje y al hombre como una excepción. Tendrá futuro, desde nuestro punto de vista, solo si consigue librarse de lastres metafísicos como el del innatismo.



Guillermo Lorenzo es profesor titular de Lingüística en la Universidad de Oviedo. Su investigación está centrada en el estudio del lenguaje desde la perspectiva de la biología evolutiva del desarrollo y en cuestiones limítrofes entre la teoría lingüística y la filosofía del lenguaje y la mente. Es autor del libro Computational Phenotypes. Towards an Evolutionary Developmental Biolinguistics (Oxford University Press, 2013), así como de otros diez libros y más de cincuenta artículos científicos y capítulos de libros. Ha publicado, entre otras, en las revistas Frontiers in Ecology and Evolution, Biological Theory, Psychological Philosophy, Biosemiotics, Lingua, Linguistics, etc.


Víctor M. Longa es profesor titular de Lingüística en la Universidade de Santiago de Compostela. Su investigación se centra en la aplicación al lenguaje de teorías recientes sobre el desarrollo y la evolución natural, así como en diversos aspectos de la diversidad lingüística, incluyendo cuestiones de desequilibrio normativo y su reflejo en el entorno educativo. Es autor del libro Lenguaje humano y comunicación animal: Un análisis comparado (Bucaramanga, Colombia: Universidad Industrial de Santander, 2012), así como de otros cuatro libros y más de cincuenta artículos científicos y capítulos de libros. Ha publicado, entre otras, en las revistas Journal of Anthropological Sciences, Biolinguistics, Lingua, Linguistics, Theoretical Linguistics, Folia Linguistica, Historiographia Linguistica, etc.


Guillermo Lorenzo y Víctor M. Longa han escrito en coautoría cuatro libros y numerosos artículos y capítulos de libros. Entre los libros se encuentran Introducción a la Sintaxis Generativa. La Teoría de Principios y Parámetros en evolución (Madrid, Alianza, 1996), Homo Loquens. Biología y evolución del lenguaje (Lugo, Tris Tram, 2003) y El innatismo. Orígenes, variaciones y vitalidad de una idea (Madrid, Cátedra, 2018). Su investigación sobre el innatismo y cuestiones afines se enmarca en el proyecto «Desarrollo, adquisición y mecanismos de variación lingüística» (DALiV, FFI2017-87699-P).