¿Por qué preocuparse hoy por los animales?

Jimena Rodríguez Carreño


El título de este libro puede resultar sorprendente para muchas personas, pertenezcan o no al ámbito académico. No quiero decir que se trate de un título extremadamente original ni difícil de comprender, sino que el tema al que hace referencia —las relaciones entre seres humanos y animales— parece aún poco relevante para mucha gente. Por eso creo conveniente explicar por qué es oportuno que se publique un libro sobre esta cuestión en el momento actual.


La justificación más evidente es que dicha cuestión «está de moda». Hace aproximadamente un par de décadas surgió en Estados Unidos una nueva disciplina (human-animal studies) que se centra en este tema y que ha ido cobrando mayor entidad con el paso de los años. Esta tendencia se ha extendido por Europa y ha llegado tímidamente hasta nuestro país. Así, en España, en los últimos años, han empezado a publicarse libros sobre este asunto y han surgido incluso estudios universitarios dedicados a esta materia. La Universidad Autónoma de Barcelona imparte actualmente un curso de posgrado que lleva como título «Máster en Derecho Animal y Sociedad».


Sin embargo, el hecho de que sea una moda solo sirve para explicar de manera superficial el fenómeno del interés que se está dando hoy en día por el problema de las relaciones entre los seres humanos y los animales. Nos sigue quedando la duda de por qué esta cuestión surgió en el momento en el que lo hizo y ha ido ganando importancia con el paso del tiempo, especialmente en las dos últimas décadas. Una de las justificaciones más plausibles es que, tras el logro de la igualdad —al menos teórica— entre todos los seres humanos, que quedó reflejado en la Declaración Universal de Derechos Humanos, el siguiente paso lógico sería incluir en el círculo de la moral a aquellos seres que son semejantes a los humanos en lo esencial, es decir, en su capacidad de sufrimiento. En este sentido, muchos de los autores y autoras que abogan por un trato ético a los animales sostienen que el especismo (es decir, la discriminación por razón de especie) es tan injustificable y arbitrario como el racismo y el sexismo. Estos argumentos son los que sostiene ya Peter Singer en su famosa obra Animal Liberation, publicada en 1975. Es también en la década de los setenta cuando el movimiento en favor de los derechos de los animales surge con cierta fuerza, al tiempo que tiene lugar la segunda ola feminista.


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La publicación del libro de Singer y de la obra de Tom Regan The Case for Animal Rights (1983) generaron un gran debate y despertaron el interés, tanto dentro como fuera de la academia, por la cuestión del trato que los seres humanos damos a los animales. Lejos de ser una moda pasajera, el interés por este asunto ha ido creciendo hasta dar lugar al nacimiento de la nueva disciplina denominada human-animal studies. Cabe preguntarse entonces a qué puede deberse dicho crecimiento, mucho más notable aún en las últimas dos décadas. La respuesta a semejante cuestión es compleja, pues en este fenómeno intervienen factores muy diversos. A pesar de tal complejidad, es posible arriesgarse a ofrecer algunas respuestas plausibles. Por ejemplo, un problema que puede haber sido determinante es el peligro en el que nos encontramos debido al deterioro que estamos provocando en nuestro propio hábitat. Este hecho nos está conduciendo a poner en cuestión la idea propia de la civilización occidental de que, como culmen de la creación divina, el ser humano tiene el poder de gobernar a su antojo sobre la naturaleza y sus criaturas. La situación de riesgo que estamos viviendo en este sentido nos ayuda a situarnos, a ver cuál es nuestro auténtico lugar en la Tierra, a hacernos un poco más humildes.


Otro factor destacado es la creencia en la capacidad de la ciencia para explicar la realidad y ayudar a mejorar nuestro modo de vida. Precisamente, la ciencia ha jugado un importante papel en el cambio de percepción que se está produciendo en relación con los animales no humanos. En este sentido, cabe destacar concretamente la rama de la etología denominada «etología cognitiva». Esta disciplina, que surgió a finales de los años setenta, supone una visión de los animales como seres inteligentes y emotivos con una conducta muy compleja que no responde al modelo simplificado de estímulo-respuesta propio de la psicología conductista. Desde entonces, esta disciplina no ha dejado de desarrollarse y de mostrar hasta dónde pueden llegar las capacidades de los animales no humanos. Así, se ha ido poniendo de manifiesto que los animales más desarrollados, como los mamíferos y muchas aves, muestran una gama de emociones muy semejante a la humana que incluye: tristeza, dolor, alegría, felicidad, amistad, amor, ira, anhelo de venganza, empatía, compasión y solidaridad. Asimismo, se ha ido descubriendo que la gran inteligencia de muchos animales permite hablar de pensamiento, de conciencia e incluso, en ciertos casos, de autoconciencia.


Por otro lado, puede observarse que, al tiempo que damos la bienvenida a los avances de la ciencia, un sector de la sociedad no deja de mostrar cierta desconfianza hacia ella. Esta desconfianza proviene, entre otros motivos, de la percepción de que la ciencia no es tan «pura» como se tendía a pensar hasta hace varias décadas. Las razones para tal percepción son muy variadas. Una de ellas es que se trata de una institución vinculada en buena parte al sistema económico capitalista y que, como tal, se mueve no solo por su amor a la verdad sino también por intereses económicos. Así, por ejemplo, existe una gran industria en torno a la experimentación con animales cuyos intereses suponen un impedimento para la búsqueda de modos de experimentación alternativos. Muchas personas, conscientes de que la acción movida por intereses económicos suele estar reñida con la ética, empiezan a ver en los animales otras víctimas —junto con tantos seres humanos— de este modo de proceder. La relación entre la explotación animal y la búsqueda de beneficios no se limita, claro está, al ámbito de la ciencia, sino que es más patente aún en el caso de la industria de la alimentación. En este sector, el grado de explotación de los animales ha llegado a límites inimaginables años atrás. Se trata además de una industria muy contaminante. Tampoco se debe olvidar que las grandes cantidades de cereales necesarias para alimentar a los millones de animales que se encuentran hacinados en granjas industriales sobrarían para terminar con el hambre en el mundo. Disponemos de cereales para todos los seres humanos del planeta, pero no puede haber carne ni productos alimenticios de origen animal suficientes para todos. Poco a poco, esta información se va extendiendo, por lo que cada vez más personas toman conciencia de que la producción industrial de carne y otros productos animales es un modelo insostenible tanto desde el punto de vista ecológico como ético.


El hecho de tomar conciencia de que los animales, al igual que los humanos, sufren las consecuencias de la búsqueda sin escrúpulos del beneficio económico nos conduce a la conclusión de que una misma causa subyace a una variedad de problemas. Esta raíz común supone que para solucionar uno de tales problemas, sea necesario acometer todos los demás. Así, el sufrimiento de los animales que se oculta tras las granjas industriales está vinculado de modo esencial al sistema económico capitalista, causante al mismo tiempo de gran parte del deterioro medioambiental y del injusto reparto de los recursos alimenticios entre los países del primer mundo y los del tercero.


La evidencia de que existe una conexión esencial entre los diversos tipos de opresión (sexismo, racismo, especismo, explotación desmedida de la naturaleza, etc.), nos lleva a dar respuesta a una pregunta que se hacen muchas personas cuando se enfrentan a la cuestión de los animales: dadas las circunstancias actuales, de crisis económica y humanitaria, ¿es legítimo preocuparse por los animales? Sí lo es. En primer lugar, porque debemos tener en cuenta a cualquier ser que sea capaz de sentir y de padecer, al margen de la especie a la que pertenezca. En segundo lugar, porque si una misma causa subyace a diversas injusticias, entonces la mejor estrategia es atacar la raíz, no establecer una escala de prioridades e ir una por una.


Volviendo a la cuestión principal en la que se centra Animales no humanos entre animales humanos, las relaciones entre los seres humanos y los animales, es necesario señalar que estas son muy variadas y complejas, por lo que admiten multitud de enfoques. Por este motivo, encontramos en el libro intervenciones tan variadas. Algunas se centran en los aspectos sociales de dichas relaciones (como la caza, la crueldad en la cultura, la dieta, etc.); otra atiende a la dimensión jurídica (analizando el marco jurídico español en relación con la protección de los animales); muchas se interesan por la consideración moral que como humanos hemos de tener hacia los otros animales; otra trata la cuestión del lugar que ocupan los animales en ciertas obras literarias. Hay incluso artículos que se centran en el análisis de lo que otros autores reconocidos han sostenido respecto de cómo debe ser nuestro trato a los animales.


Finalmente, quisiera insistir en la idea de que un libro como Animales no humanos entre animales humanos resulta muy oportuno, incluso necesario, en un momento de crisis ecológica, económica y humanitaria en el que urge que nos planteemos cuál es nuestro lugar en el planeta y cómo hemos de relacionarlos con nuestros congéneres y con las demás especies.




Jimena Rodríguez Carreño es licenciada en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, y en Ciencias Políticas y Sociología por la misma Universidad. Realizó los seminarios de Doctorado dentro del ámbito de la Teoría Feminista. Como becaria predoctoral del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha trabajado sobre los vínculos entre ciencia y género, así como sobre la ética aplicada a las relaciones entre los seres humanos y los animales. Actualmente realiza su tesis doctoral sobre la relación entre feminismo y animalismo. En el año 2008 participó en la coordinación de Razonar y actuar en defensa de los animales (Madrid: Libros de la Catarata). Animales no humanos entre animales humanos es, pues, el segundo libro que coordina sobre la cuestión de las relaciones entre los seres humanos y los animales.