Modos narrativos de la decepción

Aurora Freijo y Ángel Gabilondo


Perdidos para la literatura [1] no buscaba ser en principio un texto sobre la identidad personal, como ha acabado resultando, ni tuvo inicialmente su actual título, ni tan siquiera fue pensado como un libro. Apareció, como tantas veces sucede con ellos, a partir de una escucha, en un momento preciso, de algunas notas de la conversación constante que establecen desde siempre los textos entre sí. Se trata de la escucha debida al murmullo de palabras que late persistentemente de fondo, como un caos, ajeno en su naturaleza a los oidores, pero a la vez generoso para quien desee atender, para quien quiera ser lector. Y es que leer es al fin y al cabo escuchar, y escribir es solo un cierto modo de lectura.


En el caso de este libro, la escucha atiende a un diálogo que viene ya sucediendo dentro de esa hermandad que consideramos que existe entre la filosofía y la literatura -como si procediesen y brotaran de un origen común- y en el que resuena la voz de Gadamer en torno al decir poético, la de Herta Müller en forma de poemas collage, la de Ricoeur a propósito de la identidad narrativa, la de las letanías de Josef Winkler y las oscuras agramaticalidades de Celan. Y si, como sabemos, ninguna escucha sucede sin prejuicios, en este caso el escuchador-autor trajo consigo en sus oídos, aún sin quererlo, la lectura de Aristóteles, culpable entonces del anudamiento y reanudamiento que comenzó a darse entre los decires anteriores que, aunque poseían ya un ritmo propio, empezaron a marcar un nuevo compás. Algo más tarde, un breve escrito de Sánchez Ferlosio trastornó la conversación, y como si no fuera ya suficiente, irrumpió el desconcertante Bartleby como invitado inesperado en la reunión.


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El tema es no solo antiguo, sino de siempre, esto es vigente, pero la vuelta de lo mismo trae en muchas ocasiones oportunas novedades ¿Acaso no hablamos en todo caso de lo mismo? ¿No estamos siempre escarbando en cuestiones tales como la de quiénes somos y qué nos constituye como lo que somos? Pero lo mismo no es siempre lo igual, ni igual. Aunque los acercamientos a esta cuestión son múltiples, no pudimos sino considerar en la respuesta la posibilidad de que las palabras tengan mucho que ver en el asunto, hasta ser decisivas. No somos sino seres de palabra, atravesados por ella, seres parlantes. Ese es no solo nuestro quid, es nuestra ipseidad: una identidad narrativa. Palabra y ontología se corresponden de tal modo que responder a la pregunta de quiénes somos consiste en hacer de nuestra vida una historia de vida, un relato soportable, una fabulación propia que nos permita tenernos, sostenernos y contenernos. Así nos narramos, así nos convertimos, nos reconocemos, en narraciones. Y nadie mejor que Aristóteles para enseñarnos un buen narrar: él bien sabe con lo que una trama sólida debe contar, la poética de la acción. Pareciera que en general le hubiésemos leído y correspondido, porque nos sorprende comprobar que nos relatamos siguiendo el mythos aristotélico: todos nos hacemos protagonistas, todos héroes trágicos, todos una pura trama bien armada, todos estrellas de una buena novela: carne de literatura. Y es que tramar es tan humano…


Al hacerlo nos damos razón. No cabe duda de que es este un buen arreglo doméstico. Ahora bien, quizá quepa sospechar de esta uniformidad de la que participamos a la hora de decir quiénes somos; tal vez exista un narrar menos estructurado para decirnos, incluso un decir que desdibuje la estructura trágica; más aún, un decir desintrigado, y más todavía, una palabra propia a propósito de nuestra identidad que, considerando que real parece no poseer disposición alguna, tenga proximidad con la poesía, el balbuceo e incluso el silencio. Eso nos llevaría a optar por una ontología rota, quebrada y frágil, antes que por una ontología costurera, como acostumbramos a hacer.


¿Para qué entonces empeñarnos en darnos razón? ¿Para qué apacentarnos de viento? Pensado con las claves anteriores, narrarnos debería resultarnos muy decepcionante. Más bien debiéramos asumir una contrariedad previa, inevitable –aquella de la falta-, lo que conduciría a contar no ya con relatos que batallen por minimizar la decepción, sino con textos que digan la decepción en su forma misma. De hecho Perdidos se llamó al comienzo Modos narrativos de la decepción, título con el que quizá pudo vivir siempre. Y tal vez a su modo lo hace. Para ello nuestras aristotélicas historias de vida tendrían que demorarse en mirar otros modos de narrar y dejar de insistir en lo que no son sino historietas para adultos.


Aunque no es tarea fácil, podemos decirnos desintrigadamente. Para ello habríamos de ser valientes parresiastas, arriesgados, más que la propia vida (…) aún un soplo más, como decía el poeta, dado que, disuelta la trama tan fuertemente construida, rota la unidad de quienes creemos ser, ¿quiénes seríamos entonces y qué palabra nos correspondería llegado el caso? Podría ocurrir que en lo real no haya explícitas causas y efectos, ni hechos sobresalientes porque en realidad se encuentren todos en pura discordancia. Así visto, narrarnos es decepcionante. Estamos real e irremediablemente perdidos para la literatura, pero ahora, por ello mismo, cabría considerar el ofrecimiento de la posibilidad de un modo de narrarnos que abandone su pasión por darnos razón y empiece a mirar a lo que somos: ruido y furia.


De ser así, Edipo será sustituido por Bartleby, la argumentación por el ensamblaje, los protagonistas por los Originales -aquellos que se sostienen en el aire, sin lógica, sin trama-, la sintaxis por la agramaticalidad, la palabra misma por el silencio que modela la palabra, el entendimiento por el estupor, el ser singular por el ser sin lugar, la complacencia por la decepción y la novela trágica por el decir poético. Cierto es que no son buenas noticias. Pareciera que dejando tierra firme empezamos a optar por más bien nada, pero mirémoslo como el comienzo de un desuncimiento, el preludiado por algunos textos de Nietzsche o Pasolini, con los que habría que empezar a conversar. Perdidos para la literatura pero nunca para la palabra.


Y como si el libro que es Perdidos para la literatura supiese de esto, él mismo, que comenzó diciéndose con narrativa clásica, acaba perdido, deviniendo una incursión en la escritura fragmentaria y poética, para quizá decir, al modo de Bartleby: no, gracias.



Aurora Freijo y Ángel Gabilondo son profesores de filosofía.


Notas

[1] Este libro es el resultado de una investigación atendida y cuidada por José Luis Pardo. Todo mi agradecimiento siempre.

A. Freijo