Entre las líneas de "Ética y emoción"

Mar Cabezas


No creo en un mundo dicotómico de lucha de contrarios. Mejor dicho, no creo que el mundo sea dicotómico, sino nuestra manera de entenderlo. Quizá desde esta necesidad –filosófica e incluso personal- de reconciliar contrarios se pueda entender el sentido del libro Ética y emoción. Cuando percibimos un problema como un dilema, de todo o nada, de a o b, y ninguna de las opciones parece dejarnos satisfechos, cuando nos encontramos entre la espada y la pared, ya sea en dilemas morales o en cuestiones de investigación filosófica, tiendo a pensar que el problema no es cada una de esas respuestas, sino cómo hemos planteado la pregunta. Tiendo a pensar que esa tensión no es sino señal de que hemos olvidado algo importante por el camino: una tercera perspectiva, un elemento inadvertido en la pregunta o una creencia limitante en el planteamiento. Al final, si uno lee entre líneas, la filosofía no es solo una cuestión de qué preguntamos y cómo preguntamos, sino para qué hemos querido formular la pregunta de esa manera.


Algo así ocurre en el viejo debate sobre la supuesta lucha razón-corazón. A menudo se le exige a las emociones y sentimientos que cumplan con criterios de racionalidad que funcionan para un sistema concreto, no para el sistema emocional, se les pide que tengan un papel normativo, que nos sirvan de guía para saber qué debemos hacer si es que quieren entran en la categoría de dimensión relevante para la ética, o se exagera su papel motivador, identificando emociones con motivos. Así, pasan de ser las abandonadas a la panacea para volver pronto a ser las criticadas. En definitiva, parece que, confundiendo el mapa con la realidad, nos hubiéramos convencido de que somos seres compartimentalizados, que podemos hacer uso de la parte sin que el todo intervenga ni se vea envuelto o modificado.


En estos debates tendemos a olvidar que tal distinción y tal “bronca” entre razón y emoción, entre racionistas y emotivistas, es en buena parte ficticia, aun cuando nuestro cuerpo ya nos de pistas de lo contrario. Si podemos entender la evolución del cerebro bajo la metáfora de la “muñeca rusa”, en la que cada nueva capa incluye a la anterior, cómo va a ser que haya que darle la razón a a o b, si b incluye a, cómo va a ser una parte obstáculo para la siguiente cuando ambas están interrelacionadas y forman parte integral de la psique de un mismo individuo.


Si uno mira un poco más detenidamente, el camino de las emociones a los pensamientos es circular: lo que creemos (consciente o inconscientemente) genera emociones y lo que sentimos vuelve a generan pensamientos sobre esas emociones. Las emociones encierran creencias asumidas y los pensamientos generan emociones.


La tácita obligación de decantarse por uno de los extremos no solo hace pendular la historia del pensamiento y la lucha entre corrientes antagónicas, saltando de un -ismo a otro, sino que lleva muchas a veces a callejones sin salida cuando vemos que ambas posturas tiene limitaciones.


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Algo así he querido reflejar en este libro en relación a la cuestión clásica sobre cómo sabemos que lo malo es malo, cómo llegamos a certezas morales cuando el desacuerdo impregna nuestra vida en sociedad. Por un lado, he querido analizar primero las principales limitaciones y argumentos de varias posturas -desde el absolutismo moral hasta el nihilismo, el emotivismo o el intuicionismo-. Por otro lado, he intentado cerrar la esquizofrenia sirviéndome, sin abandonar las herramientas formales de la razón, de corrientes actuales tales como el neosentimentalismo, el emocionismo o la perspectiva de segunda persona a modo de hilos que, con suerte, van formando un cordón cada vez más grueso y resistente. Pues quizá lo que percibimos como parte del problema sea en el fondo parte de la solución.


Seguramente la manera de acercarnos a las emociones haya facilitado este etiquetamiento. No obstante, el cuadro cambia, sin duda, cuando somos conscientes de que las emociones, sentimientos, afectos, etc., es decir, el sistema emocional, es un sistema evaluativo de nuestra psique, convirtiéndose así en un elemento clave para descifrar nuestras creencias inconscientes, valores y objetivos, incluidos los morales, claro.


En este sentido, si uno lee de nuevo entre líneas, es fácil percibir, a pesar del análisis crítico del libro, la convicción de que tal vez sea más fructífero centrarse en qué tienen que ofrecer de positivo ambas dimensiones. En definitiva, cooperar siempre acaba siendo más efectivo para las partes implicadas que competir.


El sistema emocional, en el caso de los humanos, es extenso en relaciones e interacciones con el sistema cognitivo, siendo más complejo de lo que un principio pudiéramos pensar. En efecto, son muchas las especies que disponen de afectividad, emociones, sentimientos, etcétera, en un mayor o menor desarrollo, pero es el ser humano el que dispone de un repertorio más refinado, con más matices y, finalmente, más rico. Por tanto, debe existir alguna ventaja, alguna razón, “para hacer de los humanos los animales más emocionales que existen sobre la tierra” (Turner 2000, 26).


En relación con la dimensión moral tampoco se puede pasar por alto que en las emociones se puede desgranar claramente el entramado valorativo encontrando (a) una valoración respecto del mundo, (b) una valoración de uno mismo y sus recurso y posibilidades respecto de esa situación presentada en el estímulo relevante y, por último, (c) una respuesta que revelaría –no entro aquí en la cuestión sobre si también los crearía- nuestros objetivos, deseos e intereses, y por ende, los valores que rigen nuestra vida, nuestras elecciones y, en definitiva, nuestra conducta.


En este sentido, se pueden entender también los estudios de Donald Hebbs, quien “trataba de explicar la paradoja de que el primate más evolucionado, el hombre, [sea] además, el más emocional; y esto, pese a los mecanismos de control sociocultural que modulan la alta emocionalidad humana” (Martínez, Páez y Ramos 2005, 51).


Entendiendo las emociones particulares como instrumentos concretos de este sistema para llevar a cabo una serie de funciones generales, se pueden descifrar las valoraciones básicas que encierran las emociones más comunes de nuestro repertorio, y con ellas, aquello que sentimos y percibimos como un daño, también moral.


En definitiva, Ética y emoción trata de responder a cómo podemos identificar daños, cómo podemos hacer visible la huella del daño, para que las víctimas no se queden ahogadas entre argumentos de unos y otros, sin caer en relativismos, ni en absolutismos ni en naturalismos. Para ello objetivarlos a través de la subjetividad del otro puede ser quizá una manera fructífera de unir contrarios. Dicho de manera más simple, no hace falta que el otro que tenemos en frente sea un agente moral, solo hace falta que disponga de un repertorio emocional básico para descifrar, de manera más o menos rudimentaria, qué quiere, qué valora y, sobre todo, qué le daña.


Por supuesto, de aquí no se derivan directamente criterios normativos, pero sí puede servir para que cuando respondamos a la cuestión sobre qué debemos hacer, no olvidemos por el camino a nadie susceptible de sufrir un daño moral.


Para ello, el criterio de relevancia moral que se apunta al final del libro no pase por alto la distinción entre sentir y sufrir, muchas veces inadvertida. No se trata solo de ser un animal racional o de ser capaz de sentir dolor y placer. De nuevo este tipo de dicotomías genera criterios de relevancia moral que pasan de un sujeto moral autónomo a cualquier ser sintiente, pasando por alto que entre aquellos seres vivos que tienen la capacidad de reaccionar y otorgar una valencia afectiva (positiva o negativa) a un input y aquellos seres racionales autoconscientes y autónomos, existe otro número de seres que no encajan perfectamente en ninguna de las dos categorías y que, sin cumplir los requisitos para ser sujetos morales activos pueden hacer mucho más que transitar del dolor al placer: aquellos eres que disponen de un repertorio emocional básico pueden valorar, sufrir e interpretar lo que les ocurre de una manera más compleja que los primeros sin tener que ser agentes morales.


¿Sería útil en la filosofía moral contar con un criterio de relevancia entre el antropocentrismo y el pathocentrismo? Seguramente sí, pues daría visibilidad a una manera de estar en el mundo distinta de las que se reflejan en esas dos posturas: niños, personas con demencia o lesiones cerebrales que afectaran a la memoria, grandes simios, etc., pasarían a ser seres moralmente relevantes no por pedir prestada una cualidad a otro grupo, no por asimilación a los más cercanos por exceso o por defecto, sino por ellos mismos, más allá de las categorías humano/animal o racional/sintiente.


Referencias

-Martínez, F., Páez, M. y Ramos, N. (2005), “Emoción y adaptación. Introducción al concepto científico de emoción”, en Corazones inteligentes, Fernández-Berrocal, P. y Ramos, N. (eds.), Barcelona, Kairós, pp. 51-76.

-Turner, J. H. (2000), On the origins of human emotions. A sociological enquiry into the evolution of human affect, California, Stanford University Press.



Mar Cabezas es doctora en Filosofía y Premio Extraordinario de Doctorado 2013 por la Universidad de Salamanca, Master en Derechos Humanos y Experta Profesional en Aspectos Psicológicos del Maltrato Infantil por la UNED (2011). Su labor investigadora responde a un deseo por tender puentes entre la ética y la psicología moral. Becaria de la Fundación Universitaria Oriol-Urquijo (2007/08) y Personal Investigador del departamento de Historia del Derecho y Filosofía jurídica, moral y política de la Universidad de Salamanca (2008/12), también se ha formado en distintos centros europeos tales como la Universidad de Colonia y la Universidad de Mánchester, donde realizó parte de su tesis doctoral. Desde 2014 trabaja como investigadora postdoctoral en el Centro para la Ética e Investigación de la Pobreza (ZEA) de la Universidad de Salzburgo.

Es autora de diversos artículos, nacionales e internacionales, sobre filosofía moral y psicología de las emociones. Cabe destacar: “Moral Judgments, Emotions, and some Expectations from Moral Motivation”, en Public Reason (2011); “The emotional basis of morality. Is autonomy still possible?”, en Universitas Philosophica (2009); y su colaboración en obras colectivas con capítulos como “De la inteligencia emocional a la educación moral”, en Avances en el estudio de la inteligencia emocional (Fundación Marcelino Botín, 2009).

Email de contacto: mmarcabezas@gmail.com