Cuestión de protocolo, cuestión de juego

Jesús Zamora Bonilla


El protocolo académico me exige empezar este breve artículo agradeciendo a los editores de Ápeiron la amabilidad de permitirme participar en la inauguración de esta revista (a la que auguro un notable éxito) con un escrito que, ciertamente, se escapa de las formas editoriales protocolarias a las que estamos acostumbrados: ¡un autor al que se invita a hablar libremente sobre su propio libro! Reconozco que la sugerencia me sorprendió, y, por supuesto, también me envaneció en buena medida: ¿quién no va a sentirse halagado por una invitación de esta naturaleza? Pero sobre todo me dejó con la duda de cómo afrontar un reto tan insólito. Lo más parecido que conozco son los volúmenes que se escriben como homenaje a algún autor ya viejecito (¡y eso dista mucho de ser mi caso!), en los que al homenajeado se le da cancha para contar su vida intelectual y para responder a los escritos de los otros participantes en la obra. Es lo que se llama un liber amicorum. Me negué, por supuesto, a interpretar la invitación de los chicos de la Red Española de Filosofía como una forma protocolaria de darme a entender que ya formo parte de la hornacina del pasado, y además tampoco había aquí ningún amicum a quien “responder”, como no fuese yo a mí mismo. En el extremo opuesto de aquella posibilidad estaba la de plantearme la tarea como una especie de “auto-reseña”, aquella recensión tan penetrante como benevolente que uno habría querido que se publicara sobre su propio libro, y que jamás nadie escribió (¡ah!). Pero tampoco me pareció apropiado enfocarlo así, pues al fin y al cabo, hay una razón obvia por la que las reseñas no suelen ni deben escribirlas los propios autores, tan obvia que me abstendré de mencionarla.


¿Quizá debía fingir que la reseña no la había escrito yo? Para eso podría echar mano de mi alumno imaginario Silvestre Guzmán, con quien tan buenos ratos pasé mientras escribía los textos recogidos en La caverna de Platón y los cuarenta ladrones (Ediciones Le-pourquois-pas?, 2011), y que no deja de ser un “complementario” machadiano (o un “heterónimo” pessoano) de esos que tan buen juego dan en los lindes inciertos de la filosofía y la literatura por los que llevo deambulando con mejor o peor fortuna estos últimos años. O, por acariciar una idea mucho más surrealista, también podría escribir el artículo como una serie de falsos tuits (ahora que he desplazado a la conocida plataforma del verbo ultraefímero la mayor parte de mi actividad divulgadora en internet) en los que desde cuentas quiméricas se lanzaran sucintas respuestas al hashtag #cuestiondeprotocolo. Por imaginar, que no falte.


En fin, después de asistir a estas cavilaciones no me cabe duda de que los lectores de Ápeiron habrán empezado a sospechar que el autor de estas líneas no es alguien a quien haya que tomarse demasiado en serio, y tengo que anunciarles que han acertado de pleno, y que esa es la impresión principal que justamente pretendía que sacaran los lectores de un libro como Cuestión de Protocolo (Tecnos, 2005; 2ª ed. 2014) y de todos los que he publicado después. Quizá, si los accidentes biográficos no me hubieran convertido en profesor de filosofía, el curso natural de mi historia hubiera sido el de acabar como humorista (un humorista, eso sí, de los que nunca gesticulan, como Gila o Eugenio), y no me atrevo a especular sobre cuál de las dos historias habría sido preferible para el mundillo filosófico. Y es que a mí me cuesta muchísimo trabajo escribir con, digamos, gravitas académica (y no digamos con lirismo, cuando me pongo en vena literaria). Me cuesta creerme nada que esté dicho o escrito con ínfulas de profundidad, tal vez porque no creo que haya tal cosa como “lo profundo” (léase “trascendente” o “trascendental”, a gusto de cada uno), sino solo diversos tipos más o menos apasionantes de superficies. Creo que soy en eso un filósofo la mar de raro, pues incluso los adalides de posturas nihilistas y antitrascendentales suelen disertar con un tono que más bien denota que están convencidos de que lo que dicen tiene trascendental importancia. Yo, en cambio, sin negar la justa relevancia intelectual de los temas a los que me dedico, no puedo evitar escribir sobre ellos intentando dejar al menos un rastro de ironía, cuando no de pura guasa. Es por eso, quizá, que mis libros son cada vez menos “serios”: desde mis primeros dos trabajos procedentes de sendas tesis doctorales (y aún en ese género, bastante más desenfadadas de lo normal), hasta La caverna…, que ya he citado, y Regalo de Reyes (Booket, 2015) en donde la filosofía, que la tiene a raudales solo para el que esté dispuesto a encontrarla, se manifiesta a través de la más pura y dura acción novelesca (y sin gota de lirismo, faltaría más).


Cuestión de protocolo, junto con su libro hermano Ciencia pública – ciencia privada (FCE, 2005), fue seguramente el punto de inflexión en una trayectoria que prefiero no elucubrar sobre hacia dónde se dirige (bueno, hace pocos meses acaricié la idea de escribir un panfleto dedicado a la metafísica para la deliciosa colección “Vaya timo” de la editorial Laetoli, pero de momento he abandonado la idea para que mi fotografía siga sin aparecer en los carteles de “wanted” de la facultad… en fin, no puedo evitar irme por las ramas, como veis). Ambas obras nacieron a partir del proyecto de publicar una recopilación de algunos de mis artículos que habían ido apareciendo aquí y allá. Para que os hagáis una idea: el primer título del proyecto (rechazado con buen juicio, no solo el título sino el proyecto en sí, por la muy cultivada editorial Visor) fue Refutator, sacado del de una de las primeras comunicaciones que presenté en mi vida a un congreso (en 1991), y que consistía en un diálogo entre Arnold Schwarzenegger y dos filósofos sobre el problema de los “cerebros en una cubeta”, como continuación de la famosa película Desafío total (eran los tiempos anteriores a Matrix). Ese texto acabó en la segunda parte de Ciencia pública… junto con otros dedicados a la cuestión del realismo. Cuestión de protocolo, en cambio, recogió los artículos en los que me planteaba más bien la cuestión de, por decirlo de alguna manera, “de qué va esto de la filosofía de la ciencia”, al menos, en primer lugar, según los enfoques que habían sido preponderantes en mis “años de formación” (y que en buena medida lo siguen siendo, aunque hayan cambiado las etiquetas), y en segundo lugar, según mi propia forma de ver las cosas. No encontré mejor manera de expresar en una sola frase esta perspectiva personal que con la que da título a la segunda parte del libro (“¿Se puede saber a qué estamos jugando?”): la ciencia, como toda actividad específicamente humana por otra parte, es, en efecto, un juego, y la filosofía de la ciencia (como la filosofía de cualquier otra actividad humana) no puede ser otra cosa, pues, más que una forma de ludología. El tiempo es, ciertamente, un niño que juega, y la ciencia, en el fondo, es parte de ese niño. El viejo Heráclito ya pretendió orientar la filosofía hacia la investigación sobre la naturaleza de aquel juego. Y de una forma que no sé si gustará a los que adoran al venerable efesio como un ejemplo de profundidad, en el fondo me alegro de ser heracliteano en este asunto también, mira tú por donde.



Jesús Zamora Bonilla es doctor en filosofía (1993) y en ciencias económicas (2001), y catedrático de filosofía de la ciencia en la UNED. También ha sido profesor de secundaria en las materias de filosofía y economía hasta el año 2002. En sus investigaciones se ha ocupado de varios temas relacionados con la racionalidad de la ciencia y los fundamentos filosóficos y metodológicos de las ciencias sociales. Es autor de numerosos artículos publicados en algunas de las revistas especializadas más prestigiosas de su área (Philosophy of Science, Synthese, Erkenntnis, Perspectives on Science, Journal for General Philosophy of Science, Theoria, etc.) y coeditor del libro The SAGE Handbook of Philosophy of Social Science (SAGE, 2011). En castellano tiene publicados varios libros: una monografía sobre el problema de la verosimilitud de las teorías científicas (Mentiras a medias, UAM, 1996), otra sobre la teoría económica del conocimiento científico (La lonja del saber, UNED, 2003), y tres recopilaciones de artículos sobre diversos temas filosóficos: Cuestión de protocolo (Tecnos, 2005), Ciencia pública – ciencia privada (FCE, 2005) y La caverna de Platón y los cuarenta ladrones (Le pourquois-pas?, 2011). Otro aspecto importante de su actividad es la divulgación. En este ámbito es impulsor y director del programa de post-grado en Periodismo y Comunicación Científica de la UNED, y también es un activo polemista en la red, a través de sus blogs (A bordo del Otto Neurath y Escritos sobre gustos) y de su cuenta de twitter (@jzamorabonilla). Muchos de los textos del primero de estos blogs han sido recogidos en publicaciones electrónicas (p. ej., Otro puto libro de filosofía, Amazon KDP, 2013). Últimamente le ha dado también por escribir una novela sobre el mito más importante de todos (Regalo de Reyes, Booket, 2015).


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